viernes, 14 de octubre de 2011

LA CIUDAD PERDIDA


Imbuido por el espíritu de Lord Carnavon y acompañado de mi Howard Carter particular me fui en busca de la aventura que la arqueología te regala en la ciudad de Medinat-al –Azahara. Desechando el tweed y la pajarita por el excesivo calor me pasé al color arena y las bermudas y nos lanzamos a la búsqueda del tesoro.


Al llegar encontramos el primer tesoro, un edificio blanco escondido en el terreno, como un cofre dispuesto a enseñarte al abrirlo todas sus maravillas. La umbrosa entrada te recibe con sus frescor y te invita a resguardarte de un sol todavía veraniego poco recomendado para una excursión como esa. Cierto es que dos cabezas piensan mejor que una y que la barba es símbolo de sabiduría y puesto que tanto de cabeza como de barba estábamos bien servidos los dos llegamos a la conclusión de dejar el recién descubierto museo para más tarde y aprovechar lo que quedaba de mañana para visitar los restos arqueológicos.

Ciudad califal, joya de la corona y espejismo que apenas duró 100 años, Medina Azahara es hoy un leve espejismo de lo que una vez fue un sueño. Es la imaginación la que te hace levantar los muros y hacer a las bellas columnas de mármol sustento de ricos techos cubiertos de artesonados. Siguiendo la estela de la enigmática Scheherazade empecé a contar un cuento de forma que por arte de magia las fuentes volvieron a dejar correr el agua, las estancias se llenaron de perfumes persas y el crujir de las sedas de las concubinas del gran Abderrmán III volaba en el aire como mariposas.

Pasamos calor y mientras la vista de uno se detenía en los magníficos arcos que formaban la puerta Oeste el otro perdía la suya entre los curiosos visitantes que lejos de parecerse a aristócratas ingleses en busca de aventuras se acercaban peligrosamente al de clan cavernario, aunque a falta de porras y pieles de animales deleitaban mi vista con toda clase de complementos básicos de todo buen turista. ¿Para cuándo un especial de VOGUE sobre complementos con estilo para viajeros?. Nada dejaron atrás, ni sus viseras y mucho menos ese maravilloso invento que debería estar prohibido, la riñonera, que aunque Vuittón la vista de seda, hortera se queda.

De vuelta al fresco del museo una sonrisa se esbozó en mi rostro al comprobar como la arquitectura si puede ser bella y funcional, cuya única pretensión era mostrar retazos de una historia perdida, perfectamente conseguido tras ver el video con la recreación virtual de la ciudad. Con unas salas ya vacías y arropados por el silencio de la piedra, aprendimos un poco más de un trozo de la historia en la que Córdoba brilló como centro cultural, como la hermosa cervatilla que una vez fue fuente y de la que ya no sale agua.

Fin de la visita con parada obligada en la tienda, curiosa sorpresa al descubrir tantos libros interesantes e indescriptible la mirada asesina de la dependienta al hacerla cerrar más tarde de la cuenta por culpa de un impertinente caballero de ojos azules que decidió a última hora comprar un cuaderno con unos atauriques dibujados. Poco importa la cara de la chica, si pensamos en la cara de sorpresa de quien recibió esa libreta como regalo.

domingo, 2 de octubre de 2011

CONVERSACIONES CON LANA

Svetlana (Lana para los amigos) es la preciosa y pizpireta perrita de una amiga mía que tuvo el detalle de acogerme en su casa las semanas que pasé en Sevilla haciendo un curso. Con nombre de gimnasta rusa compitiendo en barras paralelas, mi perruna amiga me dio la oportunidad de pasear en suelo sevillano mientras debatíamos sobre lo divino y lo humano.
El recibimiento de la ciudad fue estupendo, unas milhojas de boquerones y unas carrilladas en Gastromium, ahora reconvertido en bar de tapas tras  olvidar su pasado como restaurante para sibaritas, lugar perfecto para los quiero y no puedo de la ciudad, que por un precio módico pueden sentarse en un restaurante de diseño luciendo sus politos de Abercrombie sin tener que pagar un dineral por comer. Quede dicho que yo no soy de los quiero y no puedo, ahora mismo sólo me quedo en los no puedo y en vez de marcas caras me estoy aficionando a la moda Low Cost.
Son muchos los recuerdos y las personas que quedaron en la ciudad y ha sido todo un placer volverlos a ver, recordando mi etapa de sufrido estudiante de la carrera con menos futuro del panorama nacional, arquitecto. Ya es hora de que la gente se quite de la cabeza al insufrible y mediático Joaquín Torres (alter ego del estudio Acero) y se den cuenta que no todos nos dedicamos a hacer casas de diseño para ricos, aunque no sería un mal plan de futuro, ¿nadie necesita una mansión?.
En esas semanas tuve la oportunidad de comenzar una relación inesperada con una perra que cada mañana se revolucionaba cuando me veía con su correa en la mano, señal inequívoca de que el paseo matutino daba su comienzo. Al principio tironeaba alterada, deseosa de salir a la calle, pero una vez pasada la esquina a sabiendas que el paseo había comenzado se relajaba y me iba marcando el camino, pues no nos equivoquemos, era ella la que me sacaba de paseo y no al revés.
Como persona de carácter templado yo tenía la ocurrencia de razonar con ella, fruto de mi desconocimiento total del mundo perruno, por lo que cuando avistaba un perro( las perras no le interesaban nada) ella se lanzaba en pos de un compañero de juegos y yo muy amablemente le explicaba que no debía dar tirones y que tendría que jugar conmigo y no con ese perro que le doblaba el tamaño y tenía cara de muy malas pulgas. Dichos razonamientos no funcionaban y al final no me quedaba más remedio que seguir su ritmo. Nuestro paseo continuaba por el Parque de Maria Luisa donde la lengua de Lana se soltaba y comenzábamos nuestras disertaciones.
El primer tema era la política, ella opinaba que el gobierno debía dejar sus piensos de marca y pasarse a los del mercadona, a lo que yo le contestaba que sería interesante ver a un político renunciar a su suelto desorbitado, pero que veía más posible que volviesen a bajar el sueldo de los funcionarios. De vez en cuando la conversación se interrumpía por el descubrimiento de una paloma a la que perseguir o un nuevo rastro oloroso que había que investigar con alma de científico del CSI. Donde si que no coincidíamos era a la hora de elegir música para los paseos, siempre que elegía a Debussy me decía que ella prefería a Rafaella, así que al final hacíamos nuestro recorrido por el antiguo jardín de los Montpansier a ritmo del Rumore Rumore.
Supongo que para los paseantes verme intentar que una perra mediante el mero razonamiento vaya en la dirección que quiero o no se pare demasiado puede resultar un tanto raro, cierto es que no conseguí que siguiese mi criterio, pero nuestras charlas bajo los antiguos Ficus del parque no tienen precio.
Como colofón a mi visita sevillana me regalaron con una cena sorpresa, tan de sorpresa que encontré por la calle a varios de los invitados, que ante la imposibilidad de esconder o inventar una excusa me dijeron con la mirada lo que iba a ocurrir. Poco importaba saberlo o no, fue una velada fantástica donde reimos mucho y yo me despedí de mi querida perrita, aunque nos volveremos a ver pronto.