viernes, 18 de noviembre de 2011

TERRORES NOCTURNOS

No es el principio de una película de terror, sino el comienzo de una merienda que me hizo descubrir hasta qué punto los habitantes de dichas películas pueden rodearte en el sitio más encantador. Es un cuento de terror en el Madrid más cool.


Como no podía ser de otro modo, nos encontrábamos merendando en un nuevo establecimiento donde todo está cuidado al detalle, desde la arquitectura resaltada con un precioso mobiliario hasta la dueña esperando en la puerta para encontrarte una mesa. El sitio tiene el éxito asegurado a juzgar por las atestadas mesas, por lo que nos acompañaron a la mesa común, ese concepto tan nórdico en el que una silla vacía significa que cualquiera puede sentarse. Ningún problema al respecto pues siempre puedes llevarte gratas sorpresas.

Siendo un goloso empedernido es complicado decidirse, pues el aspecto de todos los pasteles era delicioso, salvando los dedicados a Halloween que ni fú ni fa. La pobre camarera tuvo que esperar un buen rato hasta que nos decidimos, un café con leche y una tartaleta de Jijona para el caballero y un capuccino acompañado de una tartita de limón para mí. Dos niños en mitad de Disneylandia no habrían tenido la expresión de felicidad que tuvimos al probar el postre, sencillamente delicioso.

El ambiente era distendido, pijerio madrileño que en contraste con el andaluz huyen de caballitos y gominas, aunque siempre fieles a los bolsos de marca. Un tanto eclécticos con ese aire de gente de negocios y sus Iphones ondeando como banderas. Yo en cambio opté por la pajarita que suele formar parte de mi uniforme cuando pongo un pie en Atocha, por el sur siguen mirándome raro cuando paso, peor para ellos.

Tan ensimismado estaba con mi tartita que no presté atención a quienes entraban por la puerta, menos mal que con discreción fui avisado y no tuve más que levantar la vista para verlos entrar. A primera vista se diría que eran hermanos pues compartían rasgos, pero algo me decía que la naturaleza poco había tenido que ver con eso, ni los más caprichosos giros de esas hélices que forman el ADN podían haber llegado a crear eso. Pómulos exageradamente destacados, labios que harían morir de envidia a Melanie Griffith, ojos achinados y un uniforme color tostado, que sin llegar al naranja Valentino (no confundir con su maravilloso rojo que lo usa en sus trajes de noche) hacía que yo pareciese un fantasma.

Pero por si no era suficiente ese despliegue de cirugía para ocultar una edad que habría sido imposible calcular, nos deleitaron con un despliegue de marcas digno de la mejor tienda de Madrid, con ese maravilloso culto al Logo con el que los nuevos ricos disfrutan. Él con un jersey cuyo escote era digno de los mejores tiempos de Marilyn Monroe, mostrando pectorales (no sé si producto de gimnasio o de cirujano), pañuelo de calaveras de un difunto diseñador inglés, vaqueros ajustados de un italiano amante de los estampados animales y un casco de otra casa italiana. Ella lucía el mismo escote, aunque relleno con dos pechos tan esféricos como artificiales, bolso de marca, vaquero de marca y taconazo de marca.

Imposible no mirar y quedar anonadado con esa imagen, aunque bien pensado debe ser bonito que una pareja (pues sus arrumacos me hicieron desechar la idea de que fuesen hermanos) fuese junta al cirujano y estuviesen tan compenetrados para hacerse lo mismo. Si eso no es una muestra de que Cupido los ha tocado con sus flechas, que venga el amorcillo a contármelo.

Quienes me conocen saben que soy un miedoso empedernido y que disfruto muy poquito con las películas de miedo, pero desde esa tarde ese tipo de películas me parecen cuentos de hadas comparada con la visión de tanto plástico en movimiento. Hoy he tenido la buena idea de ver la nueva serie American Horror History, definitivamente debería pasarme a las películas infantiles.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

SEVILLA TIENE UNA COSA, QUE SÓLO TIENE SEVILLA


Sevilla tiene una cosa que sólo tiene Sevilla, contaba una preciosa sevillana de Pareja Obregón y pese a la opinión que se suele tener fuera de la ciudad la canción tiene toda la razón, es una ciudad que te atrapa en sus contradicciones, sus contrastes y su belleza, aunque hoy por hoy la prefiero como turista accidental que como habitante.


Y como la historia va de sevillanas y coplas empecemos por la primera que no es otra que esa famosa María de las Mercedes, una dalia que cuidaba Sevilla en el parque de los Montpansier, heroína de la memoria española que soñaba con su príncipe en unos preciosos jardines que alcanzaron su cenit con la exposición del 29 y que hoy pese a su encanto son sólo un reflejo del vandalismo y el poco aprecio hacia un espacio digno de un buen paseo. Lugar imprescindible a la hora de enseñar la ciudad, perderse por sus caminos invadidos por la hiedra o acabar en la Plaza de España para sentarse en el banco de Córdoba, de vez en cuando hay que rendirse a los tópicos del turista.

El sol se esconde y la ciudad se enciende, una vez cerrados los comercios y desaparecido el bullicio las callejuelas se vuelven más interesantes, las sombras te hacen verlas de forma distinta, lo tópico se vuelve misterioso y el sorprendente olor de una dama de noche en pleno Octubre te detiene a disfrutar de ese instante.

Ser el guía en la ciudad donde viví tantos años me llena de presión y mis ansias por enseñar cada rincón me hace ser más inquieto de la cuenta, olvidado el placer de levantarse tarde y tomar un desayuno con calma, la calle nos espera.

Un poco de frivolité probándonos gafas carísimas, en busca de las gafas que lució en su boda el hoy marido de la princesa sueca, pero como la cabra siempre tira al monte, mis ojos se pierden entre las Rayban y los diseños retro de los 50. Antes de salir de la tienda en la cual no íbamos a comprar nada una sorpresa, la revista más casposa de la ciudad con una Gunilla Von Bismark maravillosamente photoshopeada en la portada, mi mente no tardó ni un segundo en decidir que esa revista tenía que llevármela.

Si algo le faltaba a esa revista eran patillas, como las que luce el personaje que la edita, alguien que se mueve entre las reuniones de antiguas alumnas de conocidos colegios sevillanos como si asistiese a la famosa fiesta Black & White de Capote, con una pequeña salvedad, no hay duquesas, escritores ni socialités, sino una clase media alta con aires principescos y aroma a rancio. Porque si algo no le falta a la ciudad son duquesas y desde luego de las auténticas.

Una de las duquesas es tremendamente mediática, a sus ochenta y muchos se casa con un hombre más joven, se marca unas bulerías a las puertas de su impresionante palacio y nos regala sus memorias. La otra mucho más discreta, recluida ve como su ex nuera quiere a todo el mundo vestida de Valentino (esa gran Nati) y su nieto, heredero de la casa ducal, se pasea por las revistas del brazo de su mujercita, la aparejadora que transmutó en diseñadora de Mango, aunque a ella gustaba obviar el apellido técnico de su carrera de arquitectura, como bien le dijo una vez el Duque de Alba a Franco, siempre hubo clases.

Tras una hojeada a la revista con un delicioso pastelito en la mano nada mejor que un vermú para seguir desgranando los secretos que semejante publicación revelaba fui advertido de un curioso detalle. Un grupo de extranjeras bebían en una tasquita lindas botellas de agua azules, mientras una con una cerveza que sólo servía para mojarse los labios y convertirse en la protagonista de una sesión de fotos inmediatamente subidas a alguna de las redes sociales de las muchachas, seguramente con el mensaje de una fiesta alocada en Sevilla.

Un sábado soleado en Sevilla es para comer bien y la elección no pudo ser más acertada, uno de mis restaurantes favoritos, a medio camino entre la alta cocina y el local de toda la vida, con un servicio muy atento y una comida deliciosa, lo que no esperaba es verme amenizado por tan impactante presencia.

Mientras elegimos el menú mi invitado me hizo mirar a la gente que acababa de llegar y me encontré con unos tacones imposibles, un pantalón marcando una figura curvilínea y una melena leonina, una andaluza de pro que al girarse me desveló su rostro, impactantemente marcado con unos labios siliconados, no era otra que Vicky Martín Berrocal, alias la diseñadora. Si con una mujerona como ella no fuese bastante llegó su hermana, un clon un tanto desmejorado del original, con zapatos imposibles, mini shorts más propios de un brunch en París que una comidita en Sevilla y como acompañantes de las dos bellas damas amigos y niños. Decir que sus conversaciones eran insustanciales es quedarse corto, empezando por la hermanísima mostrándole a su sobrina y a los dos niños de nombres impronunciables el catálogo de una marca de coches de lujo para que eligiesen uno o sus dudas sobre si en la discoteca de moda podían entrar 1500 personas, ¿dónde iba el resto, si ese es el único al que hay que ir?. Yo como buen caballero les recomendé le arroz, una exquisitez, ante una perpleja hermanísma que pensaría como un mortal como yo podría dirigirse a ella, sin saber que era yo el que hacía esfuerzos por no mirar unos labios que daban miedo.

Y como de duquesas va el juego fuimos a visitar Medinaceli o la Casa Pilatos como comúnmente se la conoce. El palacio bellísimo, lleno de perspectivas y jardines, pero si la arquitectura puede ser sorprendente mucho más lo es la guía que usando su idioma era un robot a pilas, capaz únicamente de romper su monótono discurso para hacer una broma de mal gusto sobre el magnífico Adriano y su según ella su esclavo “favorito”, con sus comillas marcadas con sus deditos al traducirlo al inglés, que por cierto era propio de un niño de primaria, ¿con los 16 eurazos que te cobran no podrían contratar a alguien con un poco de cerebro?, supongo que eso es imposible.

Las calles nos arropan y nuestro paladar se desborda entre helados de pestiño y quesos de cabra con mermelada de pimientos, el museo de bellas artes nos deja con la mente en el pasado, cuando los conventos de la ciudad poseían un patrimonio digno de reyes donde Murillo y compañía llenaban de santos y vírgenes de dulce rostro paredes hoy desaparecidas. Y para rematar el día una lluvia inesperada en una terraza mientras comíamos nos hizo salir corriendo y dejar a medias un pollo con mostaza y arroz.

El final del viaje nos lleva al principio, una estación de tren con nombre de santa hispalense donde el adiós es sólo un hasta la semana que viene.