martes, 24 de abril de 2012

LAS GEMELAS DE LOEWE VIAJAN A TOKYO




Día de pajarita y gafas de sol ya que si uno va a Omotesando no tiene más remedio que dar lo mejor de si mismo antes de poner un pie en uno de los edificios más bonitos que he visto. El lujo es el lujo y aunque pobre no está mal de vez en cuando dejarse llevar por el entorno.

Nos encontramos en una de las calles más lujosas, donde las grandes firmas en vez de tener tiendas tienen edificios diseñados por los mejores arquitectos. Iba dispuesto a disfrutar de buena arquitectura, escaparates impresionantes y ropa prohibitiva de la que se mira pero nunca se toca, uno de esos baños de lujo que de vez en cuando me he dado por Madrid acompañado por mi doble. Y como Madrid está en todos sitios cual fue mi sorpresa cuando al ver la tienda de Loewe pude ver una foto en el escaparate a esas dos gemelas imposibles protagonistas del anuncio más comentado y criticado en el mundillo gafapasta. Si el anuncio me pareció un despropósito carente de todo sentido estético y demostrando que la marca no sólo sigue sin renovar sus productos, sino que ahora nos venden un nuevo público que no contentos con llevar el mismo bolso que sus abuelas, van de modernos exhibiendo su carencia neuronal.

               Mal empieza la mañana si la marca cuya tienda estaba desierta tiene que recurrir a semejante campaña para venderse en el extranjero, inocente de mi pensé que el anuncio sólo se vería en España. De todas formas sólo hubo que andar unos metros para olvidar semejante imagen y caer rendidamente enamorado de un jersey poblado de lindos perritos bordados cuya culpa recae en una tienda inglesa Ted Baker. No bastó con que al día siguiente fuese mi cumpleaños o que el precio no fuese desorbitadamente caro, la crisis es la crisis y no hay lugar para caprichos, pero en mi próxima visita a Londres buscar esa tienda con devoción y rebajas. Un mostrador lleno de teléfonos antiguos, un suelo de madera hecho a medida y unos pañuelos de bolsillo que seguirán apareciendo en mis sueños podría ser una somera descripción de éste nuevo descubrimiento.

               El paseo continua entre la arbolada fachada de Tod´s producto de Toyo Ito, que consigue crear un edificio icónico con un diseño de fachada espectacular. Frente al exquisito Dior de SANAA me hago una foto mientras un grupo de japoneses se quedan mirando, ¿será la barba, la pajarita o todo el conjunto?. Yo sigo embobado mirando ese ejercicio de sencillez de una marca cuyo lema es justamente lo contrario, quizás por eso me gustase tanto al ser capaz de decir tanto con algo aparentemente sencillo.

               Pero en éste paseo de lujo y arquitectura hay que mirar atrás y justo en sentido contrario ir en busca de un icono de resplandeciente vidrio que con sus ventanas romboidales exhibe su belleza como una caja llena de tesoros, uno no va a Tokyo y no entra a ver el edificio de Prada porque te perderías uno de los mejores tándems entre arquitectura y moda. Los arquitectos Herzog & De Meuron consiguen reflejar todo lo que Miuccia lleva años haciendo sobre la pasarela, riesgo, imaginación y buen gusto de forma que estás frente a ese edificio donde los vidrios se curvan para reflejar la luz de mil formas diferentes y que una vez dentro te hace mantener esa sensación prestando muy poca atención a una colección de zapatos masculinos que Miuccia se podría haber ahorrado, ¿son necesarias tantas tachuelas de colores para destrozar un clásico Oxford?.

               Salimos de Prada y nos encontramos con una exposición sobre la Little black jacket de Lagerfeld, el diseña, hace las fotos y consigue que una corte de guapérrimas y guapérrimos posen para él, desde la excesiva Sara Jéssica a un virtuoso violinista que bien podría pasar por modelo. Las fotos preciosas y al salir te regalan un poster, yo me quedo con Vanessa Paradise, E. con una japonesa cubierta de cuerdas.

               Después de tanto lujo nos vamos a dar un baño de realidad, pues un amigo de E. nos invitó al hanami de unos amigos en el parque Yoyogui, es decir una mezcla entre picnic y botellón que a los japoneses les gusta hacer de forma muy civilizada bajo los cerezos. Gente había muchísima, pero ni rastro de las flores del cerezo. Lo pasamos de maravilla entre las conversaciones de españoles contándonos sus experiencias viviendo en Japón y la de los japoneses, simpáticos y divertidos aunque con un inglés terrible que costaba mucho entender. Totalmente desinhibidos por el alcohol podías verlos bailar, hacer un pequeño teatro delante de la gente o volver derrotados a casa, por no hablar de la gente disfrazada. Gente vestido de rockabilly bailando para un público entregado, niñas góticas conversando en una esquina o todas esas muñequitas manga de tirabuzones imposibles y vestidos abullonados. No sabías donde mirar porque todo era sorprendente, saber que su día a día es totalmente diferente y que llegado el fin de semana se olvidan de todas sus reglas y se lanzan a la fantasía. Todo un espectáculo.

martes, 17 de abril de 2012

CRÓNICAS JAPONESAS


No es fácil buscar la forma de contar diez días en el país de el sol naciente, sobre todo cuando han conseguido impactarme tanto, quizás la manera más clara es viendo las fotografías, todo lo que captó mi atención mientras tenía en mis manos la cámara pero se quedarían muchas cosas atrás.

Un desastre el principio gracias a una huelga, miles de llamadas, cambios de planes y cuatro corazones a ritmo cardíaco sin encontrar solución. Finalmente todo se arregló de la mejor forma posible, paseando bajo la luna por Roma, un regalo que me permitió pisar por primera vez esa maravilla barroca a la que volveré pronto dispuesto a desvelar todos sus secretos. Atrás se queda el salir corriendo a Málaga, hacer que mi hermana nos llevase al aeropuerto y un vuelo interminable no apto para chicos altos, ¿porqué dejaron de dar bebidas alcohólicas en los aviones?, un par de gintonics me habrían venido bien para dormir. Todo se olvida al tocar el frio mármol del templo de las Vestales o cobijarte bajo la entrada de el Panteón. Repito, volveré.

               Llegas al aeropuerto y enseguida te das cuentas que no estás en un sitio cualquiera, todos son amables, intentan ayudarte, son educados, ordenados y tranquilos, aunque el inglés no es lo suyo lo que te hace sentir que sabes más inglés del que creías. Cuando llegamos a nuestro ryokan una nueva sorpresa, el abuelito que se ocupa de las reservas nos dice que la nuestra no aparece (o eso creímos entenderle), una tarjeta de crédito que no pasó, nuestras caras perplejas al vernos sin hotel y la inmediata búsqueda de uno nuevo. Mucho mejor el cambio, un hotel para ejecutivos en pleno centro de Akihabara, rodeados de aparatos electrónicos, luces y bussinesman.

               Empezando por Tokyo, una ciudad que te sorprende y que te tiene constantemente mirando a todo lo que te rodea, es una inmersión en el Japón moderno, el de las niñas vestidas de muñequitas mangas, la gente con mascarilla, videojuegos, karaoke y esa maravillosa frase que repiten constantemente cuando entras a una tienda y que soy incapaz de reproducir, aunque siga metida en mi cabeza como un mantra budista.

               La inmersión en la comida japonesa fue buena, si bien no fuimos a ningún restaurante especial, la comida allí es barata y buena y cada sitio donde hemos comido a contado una historia diferente, desde el cocinero que nos dejó embobados preparando el sushi delante nuestra a el pequeño al que fuimos en Kyoto y en el que había que atravesar toda al cocina para ir a un baño donde todo era azul, eso si la tempura estaba deliciosa.

               Sin duda uno de los momentos más impactantes fue ver un cisne al atardecer cruzando el puente de acceso al palacio imperial, como un reflejo de la pobre futura emperatriz Masako, languideciendo en uno de sus torreones por no poder darle un heredero a la casa del crisantemo. Quise hacerle una visita para intentar animarla, pero no me recibió. Supongo que estaría ocupada bordado kimonos o haciendo arreglos florales. Cosas de princesas. Otro de los momentos fue el karaoke, barroco lugar donde mis cuerdas vocales demostraron que no sirven para nada y que mejor sigo con la arquitectura porque el mundo de la canción me queda grande. Lo intentaré como geisho, a ver si hay más suerte.

En la próxima entrega más…