martes, 17 de abril de 2012

CRÓNICAS JAPONESAS


No es fácil buscar la forma de contar diez días en el país de el sol naciente, sobre todo cuando han conseguido impactarme tanto, quizás la manera más clara es viendo las fotografías, todo lo que captó mi atención mientras tenía en mis manos la cámara pero se quedarían muchas cosas atrás.

Un desastre el principio gracias a una huelga, miles de llamadas, cambios de planes y cuatro corazones a ritmo cardíaco sin encontrar solución. Finalmente todo se arregló de la mejor forma posible, paseando bajo la luna por Roma, un regalo que me permitió pisar por primera vez esa maravilla barroca a la que volveré pronto dispuesto a desvelar todos sus secretos. Atrás se queda el salir corriendo a Málaga, hacer que mi hermana nos llevase al aeropuerto y un vuelo interminable no apto para chicos altos, ¿porqué dejaron de dar bebidas alcohólicas en los aviones?, un par de gintonics me habrían venido bien para dormir. Todo se olvida al tocar el frio mármol del templo de las Vestales o cobijarte bajo la entrada de el Panteón. Repito, volveré.

               Llegas al aeropuerto y enseguida te das cuentas que no estás en un sitio cualquiera, todos son amables, intentan ayudarte, son educados, ordenados y tranquilos, aunque el inglés no es lo suyo lo que te hace sentir que sabes más inglés del que creías. Cuando llegamos a nuestro ryokan una nueva sorpresa, el abuelito que se ocupa de las reservas nos dice que la nuestra no aparece (o eso creímos entenderle), una tarjeta de crédito que no pasó, nuestras caras perplejas al vernos sin hotel y la inmediata búsqueda de uno nuevo. Mucho mejor el cambio, un hotel para ejecutivos en pleno centro de Akihabara, rodeados de aparatos electrónicos, luces y bussinesman.

               Empezando por Tokyo, una ciudad que te sorprende y que te tiene constantemente mirando a todo lo que te rodea, es una inmersión en el Japón moderno, el de las niñas vestidas de muñequitas mangas, la gente con mascarilla, videojuegos, karaoke y esa maravillosa frase que repiten constantemente cuando entras a una tienda y que soy incapaz de reproducir, aunque siga metida en mi cabeza como un mantra budista.

               La inmersión en la comida japonesa fue buena, si bien no fuimos a ningún restaurante especial, la comida allí es barata y buena y cada sitio donde hemos comido a contado una historia diferente, desde el cocinero que nos dejó embobados preparando el sushi delante nuestra a el pequeño al que fuimos en Kyoto y en el que había que atravesar toda al cocina para ir a un baño donde todo era azul, eso si la tempura estaba deliciosa.

               Sin duda uno de los momentos más impactantes fue ver un cisne al atardecer cruzando el puente de acceso al palacio imperial, como un reflejo de la pobre futura emperatriz Masako, languideciendo en uno de sus torreones por no poder darle un heredero a la casa del crisantemo. Quise hacerle una visita para intentar animarla, pero no me recibió. Supongo que estaría ocupada bordado kimonos o haciendo arreglos florales. Cosas de princesas. Otro de los momentos fue el karaoke, barroco lugar donde mis cuerdas vocales demostraron que no sirven para nada y que mejor sigo con la arquitectura porque el mundo de la canción me queda grande. Lo intentaré como geisho, a ver si hay más suerte.

En la próxima entrega más…

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