Muchas cosas han pasado en éstos días, incluida la Navidad, siempre llena de buenos propósitos, comilonas y búsquedas incansables de regalos para Reyes. Después de la resaca de caramelos de la cabalgata parece que por fin todo vuelve a su sitio y la normalidad de adueña de nuestras vidas. No puedo quejarme, los Reyes han sido generosos y me han dado muchas buenas sorpresas, incluidos un par de kilitos de más que tendré que hacer que se marchen.
Mi mejor regalo iba a llegar un 11 de Enero al entrar en La Maestranza y poder deleitarme con un magnífico ballet, representado por una muy solvente compañía. Aunque no todo es danza, puesto que acudir al teatro en Sevilla siempre se convierte en una fuente de imágenes y sensaciones que afilan mi lengua y estimulan mi mente.
He comprobado que hay dos cosas imprescinsibles a la hora de acudir a un ballet en la ciudad, la primera es llevarte a tus niños cosa que me parece estupenda pues es de agradecer que los padres se preocupen de alimentar culturalmente a sus retoños, aunque en el caso del ballet todo eran niñas, cubiertas de lazos y terciopelos, salvo la hija de un profesor mio que siguiendo el estilo de sus padres iba de gris AD y por lo que pude comprobar también ha heredado esa manera dictatorial de sus padres.
Llegas a tu asiento y en vez de escuchar a la orquesta afinar(uno de mis momentos preferidos), puedes escuchar las protestas de las niñitas que no acaban de sentarse y cuya mayoría piensan que vienen a ver un DVD de Disney y no un ballet de 3 horas.
La segunda cosa es llevarte puesto el visón, da igual que sea el de tu abuela, que te lo haya regalado tu marido o que en vez de venir de un animalito sea sintético, lo importante es lucir pieles y llevar la cabellera coronada con un buen cardado. Nunca hay que salir de casa sin la laca puesta. Pude ver damas octagenarias deseosas de deleitarse con los pasos de baile creados por Marius Petipa, no dejé de sonreir al ver a las mujeres de los jerifaltes de la Junta acudir con sus mejores conjuntos de raso y encaje y por supuesto una gran cantidad de quiero y no puedo, perfume preferido por los habitantes de la capital hispalense.
Ninguna pajarita a la vista, salvo la mia.
El ballet una maravilla, la música espléndida y los bailarines principales volaban con gracia entre la clásica escenografía muy propia de la compañía. Lucía Lacarra, magnífica, con una elegancia increible en sus movimientos y un trabajo de puntas sensacional. Lo mismo podemos decir del príncipe Desiré, que ejecutó unos saltos magníficos y demostró su calidad en los saltos.
Fue imposible no salir del teatro tarareando la música. Fue una de esas noches en las que todos nos sentimos Billy Elliot y estamos deseando lanzarnos a bailar...

Está claro que en cualquier espectáculo que se precie, el espectáculo está tanto dentro como fuera del escenario. Un saludito
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