viernes, 15 de abril de 2011

NAUFRAGIOS


Los naufragios siempre han tenido connotaciones negativas, un barco que se hunde mientras los pocos supervivientes se agarran a una de las tablas del barco esperando a la deriva ser arrastrados a una playa desierta donde con suerte puedan sobrevivir hasta ser encontrados. En mi caso es justamente lo contrario, una autovía me llevó a una playa desierta de grandes rocas que la flanquean mientras la marea se retira para mostrar una tímida arena que ofrece un lugar donde sentarse.
Lejos de la zozobra del olvido y la angustia de verse separado de la civilización mi naufragio sólo me llenó de paz. Por supuesto no iba a perderme sin un kit de superviviencia, en mi caso tres cosas imprescindibles, comida, libros y crema solar. Soy un glotón empedernido, un lector incansanble y un ser casi transparente por lo que en mi pequeña mochila (demasiado pequeña para la aventura) estaba repleta de todo lo necesario para pasar el día. Aunque tampoco podía olvidar mi cámara, un trasto grandote por el que suelo mirar para ver el mundo de los colores que mas me gustan y que en ésta ocasión como una princesa caprichosa decidió ocupar casi todo el espacio de mi mochila, aunque luego me regaló visiones increibles a través de su objetivo, como el caleidoscopio que un niño observa embelesado.
Una aventura como esta puede ser maravillosa en la mas absoluta soledad, dejando que tus pensamientos vuelen entre las olas, mientras pones orden a tu vida tumbado en la arena dejando que el sol te recuerde que ya es hora de volver a ponerte crema. Pudo ser una aventura así y sin embargo otro naufrago llegó conmigo a la playa, con las mismas ganas de perder su vista en el horizonte y deseoso de sentir la libertad al abandonar el barco.
Un periódico mojado nos recuerda lo traicionero del mar y me enseña a no volver a llevar una mochila de diseño y a tener siempre las manos libres cuando haces la travesía entre las escarpadas rocas que conducen a la cala escondida, aunque siempre mirando al suelo por si encontramos uno de esos tesoros que el mar deposita sobre la arena, con su concha anaranjada y una espiral que continúa hasta el infinito.
Yo me pierdo entre jardines italianos, simetrías, setos de Boj y esculturas mitológicas de manos del libro que por fin salía de mi mochila mientras mi compañero de aventuras se lanzaba a la construcción de una torre de Babel dispuesta a tocar el cielo.
De vuelta a la civilización entramos en un castillo encantado donde las columnas se retorcian como solo el Barroco supo hacer y miles de escaleras nos dirigian hacia unas mazmorras llenas de luz y aromas morunos. Un lugar que pese a estar lleno de gente solo distinguías el murmullo de lenguas lejanas y te permitía centrar tu atención en una conversación que fluía a medida que la botella de vino menguaba. En casos así siempre prefiero la botella medio vacia, señal de que el vino es excelente y la compañía disfruta tanto como tu.
Y como buen naúfrago la mejor forma de orientarse es mirar las estrellas y dejar que la estrella polar te muestre el camino, que quizás te devuelva a la civilización o te muestre otra playa perdida.

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