No es el principio de una película de terror, sino el comienzo de una merienda que me hizo descubrir hasta qué punto los habitantes de dichas películas pueden rodearte en el sitio más encantador. Es un cuento de terror en el Madrid más cool.
Como no podía ser de otro modo, nos encontrábamos merendando en un nuevo establecimiento donde todo está cuidado al detalle, desde la arquitectura resaltada con un precioso mobiliario hasta la dueña esperando en la puerta para encontrarte una mesa. El sitio tiene el éxito asegurado a juzgar por las atestadas mesas, por lo que nos acompañaron a la mesa común, ese concepto tan nórdico en el que una silla vacía significa que cualquiera puede sentarse. Ningún problema al respecto pues siempre puedes llevarte gratas sorpresas.
Siendo un goloso empedernido es complicado decidirse, pues el aspecto de todos los pasteles era delicioso, salvando los dedicados a Halloween que ni fú ni fa. La pobre camarera tuvo que esperar un buen rato hasta que nos decidimos, un café con leche y una tartaleta de Jijona para el caballero y un capuccino acompañado de una tartita de limón para mí. Dos niños en mitad de Disneylandia no habrían tenido la expresión de felicidad que tuvimos al probar el postre, sencillamente delicioso.
El ambiente era distendido, pijerio madrileño que en contraste con el andaluz huyen de caballitos y gominas, aunque siempre fieles a los bolsos de marca. Un tanto eclécticos con ese aire de gente de negocios y sus Iphones ondeando como banderas. Yo en cambio opté por la pajarita que suele formar parte de mi uniforme cuando pongo un pie en Atocha, por el sur siguen mirándome raro cuando paso, peor para ellos.
Tan ensimismado estaba con mi tartita que no presté atención a quienes entraban por la puerta, menos mal que con discreción fui avisado y no tuve más que levantar la vista para verlos entrar. A primera vista se diría que eran hermanos pues compartían rasgos, pero algo me decía que la naturaleza poco había tenido que ver con eso, ni los más caprichosos giros de esas hélices que forman el ADN podían haber llegado a crear eso. Pómulos exageradamente destacados, labios que harían morir de envidia a Melanie Griffith, ojos achinados y un uniforme color tostado, que sin llegar al naranja Valentino (no confundir con su maravilloso rojo que lo usa en sus trajes de noche) hacía que yo pareciese un fantasma.
Pero por si no era suficiente ese despliegue de cirugía para ocultar una edad que habría sido imposible calcular, nos deleitaron con un despliegue de marcas digno de la mejor tienda de Madrid, con ese maravilloso culto al Logo con el que los nuevos ricos disfrutan. Él con un jersey cuyo escote era digno de los mejores tiempos de Marilyn Monroe, mostrando pectorales (no sé si producto de gimnasio o de cirujano), pañuelo de calaveras de un difunto diseñador inglés, vaqueros ajustados de un italiano amante de los estampados animales y un casco de otra casa italiana. Ella lucía el mismo escote, aunque relleno con dos pechos tan esféricos como artificiales, bolso de marca, vaquero de marca y taconazo de marca.
Imposible no mirar y quedar anonadado con esa imagen, aunque bien pensado debe ser bonito que una pareja (pues sus arrumacos me hicieron desechar la idea de que fuesen hermanos) fuese junta al cirujano y estuviesen tan compenetrados para hacerse lo mismo. Si eso no es una muestra de que Cupido los ha tocado con sus flechas, que venga el amorcillo a contármelo.
Quienes me conocen saben que soy un miedoso empedernido y que disfruto muy poquito con las películas de miedo, pero desde esa tarde ese tipo de películas me parecen cuentos de hadas comparada con la visión de tanto plástico en movimiento. Hoy he tenido la buena idea de ver la nueva serie American Horror History, definitivamente debería pasarme a las películas infantiles.
El terror eran esos pómulos, vaya que sí... ¡Que venga Iker Jiménez y lo vea! Me río yo del niño Pedrín de El Escorial...
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