Y como la historia va de sevillanas y coplas empecemos por la primera que no es otra que esa famosa María de las Mercedes, una dalia que cuidaba Sevilla en el parque de los Montpansier, heroína de la memoria española que soñaba con su príncipe en unos preciosos jardines que alcanzaron su cenit con la exposición del 29 y que hoy pese a su encanto son sólo un reflejo del vandalismo y el poco aprecio hacia un espacio digno de un buen paseo. Lugar imprescindible a la hora de enseñar la ciudad, perderse por sus caminos invadidos por la hiedra o acabar en la Plaza de España para sentarse en el banco de Córdoba, de vez en cuando hay que rendirse a los tópicos del turista.
El sol se esconde y la ciudad se enciende, una vez cerrados los comercios y desaparecido el bullicio las callejuelas se vuelven más interesantes, las sombras te hacen verlas de forma distinta, lo tópico se vuelve misterioso y el sorprendente olor de una dama de noche en pleno Octubre te detiene a disfrutar de ese instante.
Ser el guía en la ciudad donde viví tantos años me llena de presión y mis ansias por enseñar cada rincón me hace ser más inquieto de la cuenta, olvidado el placer de levantarse tarde y tomar un desayuno con calma, la calle nos espera.
Un poco de frivolité probándonos gafas carísimas, en busca de las gafas que lució en su boda el hoy marido de la princesa sueca, pero como la cabra siempre tira al monte, mis ojos se pierden entre las Rayban y los diseños retro de los 50. Antes de salir de la tienda en la cual no íbamos a comprar nada una sorpresa, la revista más casposa de la ciudad con una Gunilla Von Bismark maravillosamente photoshopeada en la portada, mi mente no tardó ni un segundo en decidir que esa revista tenía que llevármela.
Si algo le faltaba a esa revista eran patillas, como las que luce el personaje que la edita, alguien que se mueve entre las reuniones de antiguas alumnas de conocidos colegios sevillanos como si asistiese a la famosa fiesta Black & White de Capote, con una pequeña salvedad, no hay duquesas, escritores ni socialités, sino una clase media alta con aires principescos y aroma a rancio. Porque si algo no le falta a la ciudad son duquesas y desde luego de las auténticas.
Una de las duquesas es tremendamente mediática, a sus ochenta y muchos se casa con un hombre más joven, se marca unas bulerías a las puertas de su impresionante palacio y nos regala sus memorias. La otra mucho más discreta, recluida ve como su ex nuera quiere a todo el mundo vestida de Valentino (esa gran Nati) y su nieto, heredero de la casa ducal, se pasea por las revistas del brazo de su mujercita, la aparejadora que transmutó en diseñadora de Mango, aunque a ella gustaba obviar el apellido técnico de su carrera de arquitectura, como bien le dijo una vez el Duque de Alba a Franco, siempre hubo clases.
Tras una hojeada a la revista con un delicioso pastelito en la mano nada mejor que un vermú para seguir desgranando los secretos que semejante publicación revelaba fui advertido de un curioso detalle. Un grupo de extranjeras bebían en una tasquita lindas botellas de agua azules, mientras una con una cerveza que sólo servía para mojarse los labios y convertirse en la protagonista de una sesión de fotos inmediatamente subidas a alguna de las redes sociales de las muchachas, seguramente con el mensaje de una fiesta alocada en Sevilla.
Un sábado soleado en Sevilla es para comer bien y la elección no pudo ser más acertada, uno de mis restaurantes favoritos, a medio camino entre la alta cocina y el local de toda la vida, con un servicio muy atento y una comida deliciosa, lo que no esperaba es verme amenizado por tan impactante presencia.
Mientras elegimos el menú mi invitado me hizo mirar a la gente que acababa de llegar y me encontré con unos tacones imposibles, un pantalón marcando una figura curvilínea y una melena leonina, una andaluza de pro que al girarse me desveló su rostro, impactantemente marcado con unos labios siliconados, no era otra que Vicky Martín Berrocal, alias la diseñadora. Si con una mujerona como ella no fuese bastante llegó su hermana, un clon un tanto desmejorado del original, con zapatos imposibles, mini shorts más propios de un brunch en París que una comidita en Sevilla y como acompañantes de las dos bellas damas amigos y niños. Decir que sus conversaciones eran insustanciales es quedarse corto, empezando por la hermanísima mostrándole a su sobrina y a los dos niños de nombres impronunciables el catálogo de una marca de coches de lujo para que eligiesen uno o sus dudas sobre si en la discoteca de moda podían entrar 1500 personas, ¿dónde iba el resto, si ese es el único al que hay que ir?. Yo como buen caballero les recomendé le arroz, una exquisitez, ante una perpleja hermanísma que pensaría como un mortal como yo podría dirigirse a ella, sin saber que era yo el que hacía esfuerzos por no mirar unos labios que daban miedo.
Y como de duquesas va el juego fuimos a visitar Medinaceli o la Casa Pilatos como comúnmente se la conoce. El palacio bellísimo, lleno de perspectivas y jardines, pero si la arquitectura puede ser sorprendente mucho más lo es la guía que usando su idioma era un robot a pilas, capaz únicamente de romper su monótono discurso para hacer una broma de mal gusto sobre el magnífico Adriano y su según ella su esclavo “favorito”, con sus comillas marcadas con sus deditos al traducirlo al inglés, que por cierto era propio de un niño de primaria, ¿con los 16 eurazos que te cobran no podrían contratar a alguien con un poco de cerebro?, supongo que eso es imposible.
Las calles nos arropan y nuestro paladar se desborda entre helados de pestiño y quesos de cabra con mermelada de pimientos, el museo de bellas artes nos deja con la mente en el pasado, cuando los conventos de la ciudad poseían un patrimonio digno de reyes donde Murillo y compañía llenaban de santos y vírgenes de dulce rostro paredes hoy desaparecidas. Y para rematar el día una lluvia inesperada en una terraza mientras comíamos nos hizo salir corriendo y dejar a medias un pollo con mostaza y arroz.
El final del viaje nos lleva al principio, una estación de tren con nombre de santa hispalense donde el adiós es sólo un hasta la semana que viene.

Sólo usted sabe condensar tanta información, mezclando duquesas, Mango, pestiños y silicona, señorito...
ResponderEliminarSon muchas experiencias para contar en tan pocas palabras, pero me alegra haber podido hacerlo, ahora a ir pensando en la siguiente entrada, ¿será Madrid?...
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