domingo, 22 de enero de 2012

UNA PIZCA DE CULTURA


Últimamente estoy peleado con la televisión, poco puedes ver cuando la enciendes y corres el riesgo de perder un buen número de neuronas sobre todo si se te ocurre ver Telecinco. Yo desde que puedo ver las series en internet prefiero verlas en mi portátil en versión original que escuchar esos doblajes que en nada se parecen al original.


El viernes mientras tomaba mi merienda con mi nuevo batín y mi poblada barba tuve a bien poner la 2 y deleitarme con un magnífico documental de El Teatro Real sobre la nueva producción que representan ahora mismo, “Iolanta y Perséfone”, dos obras poco conocidas para el público adicto a las clásicas. He tenido la suerte de asistir a la representación de El Rey Roger en el Real, otra ópera poco conocida que desató las iras de ese público que se sienten personajes de la última escena de Las Amistades Peligrosas, la high society francesa deslumbrando con sus intrigas entre los acordes de una ópera de Haendel. Patalearon, protestaron y arrugaron sus empolvadas naricitas (ellos y ellas) ante un director musical que intenta hacer evolucionar un teatro que no tiene tanta tradición como pretende y que necesita salirse del corsé de los magníficos Verdi y Puccini, que si bien me maravillan no se puede abusar de ellos. En la ópera la contemporaneidad va más lejos de los montajes minimalistas y el riesgo se agradece.

Escuchar hablar a Peter Sellars de una obra aparentemente sencilla y que a sus ojos se vuelve compleja, fascinante e intensa es todo un regalo para una tarde de Viernes. Un hombre que con sus palabras te hace meterte en la obra y sentirla en todos sus matices y que te hace querer estar ahí, aunque mi ruinosa situación económica lo hace imposible. Tiempo habrá de pasearme por los templos del bel canto, aunque no hay que engañarse, los maravillosos 50 no volverán, nunca habrá una Tosca como la de la Callas o una Norma como la de Caballé, las divas han desaparecido y la ópera ha evolucionado hacia nuevos territorios.

No me considero especial por gustarme la ópera, de hecho no soy ningún experto y simplemente me contento con disfrutarla y tener los ojos y oídos abiertos ante todo lo que me pueda hacer disfrutar. Jamás perteneceré a ese grupo de culturetas que se espantan ante un agudo que no ha sido ejecutado con maestría o que se conocen todas las versiones de una ópera ( con mi memoria de pez eso sería una tarea imposible).

Siguiendo con el día de exquisiteces me tomé la cena viendo la última cena de el Bulli, la gran revolución mediática de la cocina, que pese a la transmutación del arte de los fogones en laboratorio de película de ciencia ficción te hace ver cuanto trabajo hay detrás de esas pequeñas obras de arte. Se cierra una época para el ego-cocinero, curioso que un cocinero de éxito acabe cerrando su restaurante porque es incapaz de colmar las expectativas de un mundo que lo subió a un pedernal. Nunca cenaré allí, pero sin duda habría disfrutado con esos platos que se convertían en un juego para el comensal, pues más allá de llenar el estómago con comida hay momentos en los que merece la pena experimentar. No soy esclavo de las tendencias y una simple barra de pan puede hacerme suspirar, por no hablar de un trozo de tarta, pero como abanderado del diseño hay que saber valorar las ideas de alguien que va por delante de su tiempo.

Para terminar nada mejor que un psicotriller, el documental El Pollo, el Pez y el Cangrejo Real, el intenso camino del campeón de España, Jesús Almagro por ganar el concurso Bocusse d´Or. Verlo sufrir en busca del plato perfecto rodeado de los mejores cocineros ayudándole o competir como si de un reality se tratase con chinos, noruegos y franceses no tiene precio. La tensión iba creciendo por momentos ante la preparación de los tres platos, el pollo francés, el pescado insulso y el complicado cangrejo. Al final como era de esperar contando con un jurado casi francés y de edades avanzadas el español quedó relegado a los últimos puestos. Curioso ver como nuestra cocina está entre las primeras pero dentro del corsé del señor Bocusse somos de los peores. El cocinero con una cara de bueno tremenda se fue a casa con la decepción de no haber ganado, pero seguro que pronto su restaurante estará entre los primeros.

Así que yo en vez de perderme con Gran hermano o alguna serie españolas de las que tienden a inventarse la historia entre decorados de medio pelo yo me rendí a los brazos de una tarde de lo más cultural. No fue sentado en un palco o ante una mesa exquisitamente montada, pero como decían en una película de Billy Wilder “nadie es perfecto”.

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