Svetlana (Lana para los amigos) es la preciosa y pizpireta perrita de una amiga mía que tuvo el detalle de acogerme en su casa las semanas que pasé en Sevilla haciendo un curso. Con nombre de gimnasta rusa compitiendo en barras paralelas, mi perruna amiga me dio la oportunidad de pasear en suelo sevillano mientras debatíamos sobre lo divino y lo humano.
El recibimiento de la ciudad fue estupendo, unas milhojas de boquerones y unas carrilladas en Gastromium, ahora reconvertido en bar de tapas tras olvidar su pasado como restaurante para sibaritas, lugar perfecto para los quiero y no puedo de la ciudad, que por un precio módico pueden sentarse en un restaurante de diseño luciendo sus politos de Abercrombie sin tener que pagar un dineral por comer. Quede dicho que yo no soy de los quiero y no puedo, ahora mismo sólo me quedo en los no puedo y en vez de marcas caras me estoy aficionando a la moda Low Cost.
Son muchos los recuerdos y las personas que quedaron en la ciudad y ha sido todo un placer volverlos a ver, recordando mi etapa de sufrido estudiante de la carrera con menos futuro del panorama nacional, arquitecto. Ya es hora de que la gente se quite de la cabeza al insufrible y mediático Joaquín Torres (alter ego del estudio Acero) y se den cuenta que no todos nos dedicamos a hacer casas de diseño para ricos, aunque no sería un mal plan de futuro, ¿nadie necesita una mansión?.
En esas semanas tuve la oportunidad de comenzar una relación inesperada con una perra que cada mañana se revolucionaba cuando me veía con su correa en la mano, señal inequívoca de que el paseo matutino daba su comienzo. Al principio tironeaba alterada, deseosa de salir a la calle, pero una vez pasada la esquina a sabiendas que el paseo había comenzado se relajaba y me iba marcando el camino, pues no nos equivoquemos, era ella la que me sacaba de paseo y no al revés.
Como persona de carácter templado yo tenía la ocurrencia de razonar con ella, fruto de mi desconocimiento total del mundo perruno, por lo que cuando avistaba un perro( las perras no le interesaban nada) ella se lanzaba en pos de un compañero de juegos y yo muy amablemente le explicaba que no debía dar tirones y que tendría que jugar conmigo y no con ese perro que le doblaba el tamaño y tenía cara de muy malas pulgas. Dichos razonamientos no funcionaban y al final no me quedaba más remedio que seguir su ritmo. Nuestro paseo continuaba por el Parque de Maria Luisa donde la lengua de Lana se soltaba y comenzábamos nuestras disertaciones.
El primer tema era la política, ella opinaba que el gobierno debía dejar sus piensos de marca y pasarse a los del mercadona, a lo que yo le contestaba que sería interesante ver a un político renunciar a su suelto desorbitado, pero que veía más posible que volviesen a bajar el sueldo de los funcionarios. De vez en cuando la conversación se interrumpía por el descubrimiento de una paloma a la que perseguir o un nuevo rastro oloroso que había que investigar con alma de científico del CSI. Donde si que no coincidíamos era a la hora de elegir música para los paseos, siempre que elegía a Debussy me decía que ella prefería a Rafaella, así que al final hacíamos nuestro recorrido por el antiguo jardín de los Montpansier a ritmo del Rumore Rumore.
Supongo que para los paseantes verme intentar que una perra mediante el mero razonamiento vaya en la dirección que quiero o no se pare demasiado puede resultar un tanto raro, cierto es que no conseguí que siguiese mi criterio, pero nuestras charlas bajo los antiguos Ficus del parque no tienen precio.
Como colofón a mi visita sevillana me regalaron con una cena sorpresa, tan de sorpresa que encontré por la calle a varios de los invitados, que ante la imposibilidad de esconder o inventar una excusa me dijeron con la mirada lo que iba a ocurrir. Poco importaba saberlo o no, fue una velada fantástica donde reimos mucho y yo me despedí de mi querida perrita, aunque nos volveremos a ver pronto.

