Normalmente la gente disfruta con el sol, ven un cielo azul y sonrien, yo suelo hacerlo ya que soy un incondicional del azul pero ver una tormenta me fascina. Sin pensármelo dos veces he salido al balcón, a disfrutar del olor a lluvia y sentir las gotas de agua golpear mi cara, incrédulos me miraba algún vecino, ¿qué hace ese loco empapándose?, sería muy difícil explicarles lo que siento, mucho más el porqué he cogido el paraguas color mostaza y me he lanzado a la calle a hacer una innnecesaría compra, tenía que sentir la lluvia. De poco importa el llegar a casa empapado, pues vuelves alegre y con ganas de una ducha calentita, no me asusto de la lluvia.
Es curioso las distintas formas que tenemos de ver las cosas, desde el fastidio de la frutera que ha llegado empapada a su tienda y sabe que pocos clientes van a ir o la del niño que mira fascinado los relámpagos cogiendo la mano de su abuela, que asustada espera que pase la tormenta. Siempre que llueve me acuerdo de ella...

Nos veremos empapados paseando perdidos en cualquier callejuela de la Macarena, este invierno, con la trenca, el paraguas y los guantes de cuero.
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