Una nueva ocurrencia que añadir a mi vida, apuntarme a clases de natación, a priori algo estupendo pues es un deporte muy completo y puede que por fin consiga bajar unos centímetros de barriga que tanta falta me hace. Pero pensando en un momento de ejercicio y relajación me equivoqué por completo. Voy a un horiario un tanto complicado, las 16:45, cuando todavía no he acabado de hacer la digestión yo marcho raudo y veloz para lanzarme de cabeza a la piscina, en este caso llena de tiburones. Justo a esa hora las calles de la piscina se llenan de niños que chapotean y dan sus primeros largos deseosos de convertirse en delfines, mientras su adorables madres, para ocupar el tiempo entre que llevan y recogen a los niños han tenido la feliz idea de apuntarse a la misma hora y así compartir el líquido elemento con sus adorados retoños, eso si, cada uno en su calle.
Pues bien, yo nado con dichas señoras y lejos de ser una clase tranquila se convierte en una batalla campal entre ellas. Hay un grupito que se sienten Ester Williams y como sirenas se lanzan como si fuesen torpederos rusos a terminar la calle las primeras, no les importa colarse, o cambiarse de sentido en mitad de la calle sin consideran que la que la precede no va a su ritmo. Siempre se quejan al monitor de las lentas y miran con desden a las que no nadan a su ritmo, aunque claro, algunas de ellas cuando ven a su retoño se paran en mitad de la calle a saludarlo y lanzarle besitos. Bonito gesto para los que vamos detrás y de pronto no encontramos chocándonos con tan simpática mujer.
Mi pobre monitor suspira al ver semejante caos, aunque como buen nadador que es, prefiere charlar con sus compañeros que pararse a mirar lo que ocurre en la calle. Visto lo visto no creo que llegue a las olimpiadas y eso que en mi piscina entrena un campeón de España, voy a tener que pasarme al ajedrez...
El miércoles con tanta pelea acabé yo herido, a ver como termina la clase de hoy...
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