viernes, 18 de noviembre de 2011

TERRORES NOCTURNOS

No es el principio de una película de terror, sino el comienzo de una merienda que me hizo descubrir hasta qué punto los habitantes de dichas películas pueden rodearte en el sitio más encantador. Es un cuento de terror en el Madrid más cool.


Como no podía ser de otro modo, nos encontrábamos merendando en un nuevo establecimiento donde todo está cuidado al detalle, desde la arquitectura resaltada con un precioso mobiliario hasta la dueña esperando en la puerta para encontrarte una mesa. El sitio tiene el éxito asegurado a juzgar por las atestadas mesas, por lo que nos acompañaron a la mesa común, ese concepto tan nórdico en el que una silla vacía significa que cualquiera puede sentarse. Ningún problema al respecto pues siempre puedes llevarte gratas sorpresas.

Siendo un goloso empedernido es complicado decidirse, pues el aspecto de todos los pasteles era delicioso, salvando los dedicados a Halloween que ni fú ni fa. La pobre camarera tuvo que esperar un buen rato hasta que nos decidimos, un café con leche y una tartaleta de Jijona para el caballero y un capuccino acompañado de una tartita de limón para mí. Dos niños en mitad de Disneylandia no habrían tenido la expresión de felicidad que tuvimos al probar el postre, sencillamente delicioso.

El ambiente era distendido, pijerio madrileño que en contraste con el andaluz huyen de caballitos y gominas, aunque siempre fieles a los bolsos de marca. Un tanto eclécticos con ese aire de gente de negocios y sus Iphones ondeando como banderas. Yo en cambio opté por la pajarita que suele formar parte de mi uniforme cuando pongo un pie en Atocha, por el sur siguen mirándome raro cuando paso, peor para ellos.

Tan ensimismado estaba con mi tartita que no presté atención a quienes entraban por la puerta, menos mal que con discreción fui avisado y no tuve más que levantar la vista para verlos entrar. A primera vista se diría que eran hermanos pues compartían rasgos, pero algo me decía que la naturaleza poco había tenido que ver con eso, ni los más caprichosos giros de esas hélices que forman el ADN podían haber llegado a crear eso. Pómulos exageradamente destacados, labios que harían morir de envidia a Melanie Griffith, ojos achinados y un uniforme color tostado, que sin llegar al naranja Valentino (no confundir con su maravilloso rojo que lo usa en sus trajes de noche) hacía que yo pareciese un fantasma.

Pero por si no era suficiente ese despliegue de cirugía para ocultar una edad que habría sido imposible calcular, nos deleitaron con un despliegue de marcas digno de la mejor tienda de Madrid, con ese maravilloso culto al Logo con el que los nuevos ricos disfrutan. Él con un jersey cuyo escote era digno de los mejores tiempos de Marilyn Monroe, mostrando pectorales (no sé si producto de gimnasio o de cirujano), pañuelo de calaveras de un difunto diseñador inglés, vaqueros ajustados de un italiano amante de los estampados animales y un casco de otra casa italiana. Ella lucía el mismo escote, aunque relleno con dos pechos tan esféricos como artificiales, bolso de marca, vaquero de marca y taconazo de marca.

Imposible no mirar y quedar anonadado con esa imagen, aunque bien pensado debe ser bonito que una pareja (pues sus arrumacos me hicieron desechar la idea de que fuesen hermanos) fuese junta al cirujano y estuviesen tan compenetrados para hacerse lo mismo. Si eso no es una muestra de que Cupido los ha tocado con sus flechas, que venga el amorcillo a contármelo.

Quienes me conocen saben que soy un miedoso empedernido y que disfruto muy poquito con las películas de miedo, pero desde esa tarde ese tipo de películas me parecen cuentos de hadas comparada con la visión de tanto plástico en movimiento. Hoy he tenido la buena idea de ver la nueva serie American Horror History, definitivamente debería pasarme a las películas infantiles.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

SEVILLA TIENE UNA COSA, QUE SÓLO TIENE SEVILLA


Sevilla tiene una cosa que sólo tiene Sevilla, contaba una preciosa sevillana de Pareja Obregón y pese a la opinión que se suele tener fuera de la ciudad la canción tiene toda la razón, es una ciudad que te atrapa en sus contradicciones, sus contrastes y su belleza, aunque hoy por hoy la prefiero como turista accidental que como habitante.


Y como la historia va de sevillanas y coplas empecemos por la primera que no es otra que esa famosa María de las Mercedes, una dalia que cuidaba Sevilla en el parque de los Montpansier, heroína de la memoria española que soñaba con su príncipe en unos preciosos jardines que alcanzaron su cenit con la exposición del 29 y que hoy pese a su encanto son sólo un reflejo del vandalismo y el poco aprecio hacia un espacio digno de un buen paseo. Lugar imprescindible a la hora de enseñar la ciudad, perderse por sus caminos invadidos por la hiedra o acabar en la Plaza de España para sentarse en el banco de Córdoba, de vez en cuando hay que rendirse a los tópicos del turista.

El sol se esconde y la ciudad se enciende, una vez cerrados los comercios y desaparecido el bullicio las callejuelas se vuelven más interesantes, las sombras te hacen verlas de forma distinta, lo tópico se vuelve misterioso y el sorprendente olor de una dama de noche en pleno Octubre te detiene a disfrutar de ese instante.

Ser el guía en la ciudad donde viví tantos años me llena de presión y mis ansias por enseñar cada rincón me hace ser más inquieto de la cuenta, olvidado el placer de levantarse tarde y tomar un desayuno con calma, la calle nos espera.

Un poco de frivolité probándonos gafas carísimas, en busca de las gafas que lució en su boda el hoy marido de la princesa sueca, pero como la cabra siempre tira al monte, mis ojos se pierden entre las Rayban y los diseños retro de los 50. Antes de salir de la tienda en la cual no íbamos a comprar nada una sorpresa, la revista más casposa de la ciudad con una Gunilla Von Bismark maravillosamente photoshopeada en la portada, mi mente no tardó ni un segundo en decidir que esa revista tenía que llevármela.

Si algo le faltaba a esa revista eran patillas, como las que luce el personaje que la edita, alguien que se mueve entre las reuniones de antiguas alumnas de conocidos colegios sevillanos como si asistiese a la famosa fiesta Black & White de Capote, con una pequeña salvedad, no hay duquesas, escritores ni socialités, sino una clase media alta con aires principescos y aroma a rancio. Porque si algo no le falta a la ciudad son duquesas y desde luego de las auténticas.

Una de las duquesas es tremendamente mediática, a sus ochenta y muchos se casa con un hombre más joven, se marca unas bulerías a las puertas de su impresionante palacio y nos regala sus memorias. La otra mucho más discreta, recluida ve como su ex nuera quiere a todo el mundo vestida de Valentino (esa gran Nati) y su nieto, heredero de la casa ducal, se pasea por las revistas del brazo de su mujercita, la aparejadora que transmutó en diseñadora de Mango, aunque a ella gustaba obviar el apellido técnico de su carrera de arquitectura, como bien le dijo una vez el Duque de Alba a Franco, siempre hubo clases.

Tras una hojeada a la revista con un delicioso pastelito en la mano nada mejor que un vermú para seguir desgranando los secretos que semejante publicación revelaba fui advertido de un curioso detalle. Un grupo de extranjeras bebían en una tasquita lindas botellas de agua azules, mientras una con una cerveza que sólo servía para mojarse los labios y convertirse en la protagonista de una sesión de fotos inmediatamente subidas a alguna de las redes sociales de las muchachas, seguramente con el mensaje de una fiesta alocada en Sevilla.

Un sábado soleado en Sevilla es para comer bien y la elección no pudo ser más acertada, uno de mis restaurantes favoritos, a medio camino entre la alta cocina y el local de toda la vida, con un servicio muy atento y una comida deliciosa, lo que no esperaba es verme amenizado por tan impactante presencia.

Mientras elegimos el menú mi invitado me hizo mirar a la gente que acababa de llegar y me encontré con unos tacones imposibles, un pantalón marcando una figura curvilínea y una melena leonina, una andaluza de pro que al girarse me desveló su rostro, impactantemente marcado con unos labios siliconados, no era otra que Vicky Martín Berrocal, alias la diseñadora. Si con una mujerona como ella no fuese bastante llegó su hermana, un clon un tanto desmejorado del original, con zapatos imposibles, mini shorts más propios de un brunch en París que una comidita en Sevilla y como acompañantes de las dos bellas damas amigos y niños. Decir que sus conversaciones eran insustanciales es quedarse corto, empezando por la hermanísima mostrándole a su sobrina y a los dos niños de nombres impronunciables el catálogo de una marca de coches de lujo para que eligiesen uno o sus dudas sobre si en la discoteca de moda podían entrar 1500 personas, ¿dónde iba el resto, si ese es el único al que hay que ir?. Yo como buen caballero les recomendé le arroz, una exquisitez, ante una perpleja hermanísma que pensaría como un mortal como yo podría dirigirse a ella, sin saber que era yo el que hacía esfuerzos por no mirar unos labios que daban miedo.

Y como de duquesas va el juego fuimos a visitar Medinaceli o la Casa Pilatos como comúnmente se la conoce. El palacio bellísimo, lleno de perspectivas y jardines, pero si la arquitectura puede ser sorprendente mucho más lo es la guía que usando su idioma era un robot a pilas, capaz únicamente de romper su monótono discurso para hacer una broma de mal gusto sobre el magnífico Adriano y su según ella su esclavo “favorito”, con sus comillas marcadas con sus deditos al traducirlo al inglés, que por cierto era propio de un niño de primaria, ¿con los 16 eurazos que te cobran no podrían contratar a alguien con un poco de cerebro?, supongo que eso es imposible.

Las calles nos arropan y nuestro paladar se desborda entre helados de pestiño y quesos de cabra con mermelada de pimientos, el museo de bellas artes nos deja con la mente en el pasado, cuando los conventos de la ciudad poseían un patrimonio digno de reyes donde Murillo y compañía llenaban de santos y vírgenes de dulce rostro paredes hoy desaparecidas. Y para rematar el día una lluvia inesperada en una terraza mientras comíamos nos hizo salir corriendo y dejar a medias un pollo con mostaza y arroz.

El final del viaje nos lleva al principio, una estación de tren con nombre de santa hispalense donde el adiós es sólo un hasta la semana que viene.

viernes, 14 de octubre de 2011

LA CIUDAD PERDIDA


Imbuido por el espíritu de Lord Carnavon y acompañado de mi Howard Carter particular me fui en busca de la aventura que la arqueología te regala en la ciudad de Medinat-al –Azahara. Desechando el tweed y la pajarita por el excesivo calor me pasé al color arena y las bermudas y nos lanzamos a la búsqueda del tesoro.


Al llegar encontramos el primer tesoro, un edificio blanco escondido en el terreno, como un cofre dispuesto a enseñarte al abrirlo todas sus maravillas. La umbrosa entrada te recibe con sus frescor y te invita a resguardarte de un sol todavía veraniego poco recomendado para una excursión como esa. Cierto es que dos cabezas piensan mejor que una y que la barba es símbolo de sabiduría y puesto que tanto de cabeza como de barba estábamos bien servidos los dos llegamos a la conclusión de dejar el recién descubierto museo para más tarde y aprovechar lo que quedaba de mañana para visitar los restos arqueológicos.

Ciudad califal, joya de la corona y espejismo que apenas duró 100 años, Medina Azahara es hoy un leve espejismo de lo que una vez fue un sueño. Es la imaginación la que te hace levantar los muros y hacer a las bellas columnas de mármol sustento de ricos techos cubiertos de artesonados. Siguiendo la estela de la enigmática Scheherazade empecé a contar un cuento de forma que por arte de magia las fuentes volvieron a dejar correr el agua, las estancias se llenaron de perfumes persas y el crujir de las sedas de las concubinas del gran Abderrmán III volaba en el aire como mariposas.

Pasamos calor y mientras la vista de uno se detenía en los magníficos arcos que formaban la puerta Oeste el otro perdía la suya entre los curiosos visitantes que lejos de parecerse a aristócratas ingleses en busca de aventuras se acercaban peligrosamente al de clan cavernario, aunque a falta de porras y pieles de animales deleitaban mi vista con toda clase de complementos básicos de todo buen turista. ¿Para cuándo un especial de VOGUE sobre complementos con estilo para viajeros?. Nada dejaron atrás, ni sus viseras y mucho menos ese maravilloso invento que debería estar prohibido, la riñonera, que aunque Vuittón la vista de seda, hortera se queda.

De vuelta al fresco del museo una sonrisa se esbozó en mi rostro al comprobar como la arquitectura si puede ser bella y funcional, cuya única pretensión era mostrar retazos de una historia perdida, perfectamente conseguido tras ver el video con la recreación virtual de la ciudad. Con unas salas ya vacías y arropados por el silencio de la piedra, aprendimos un poco más de un trozo de la historia en la que Córdoba brilló como centro cultural, como la hermosa cervatilla que una vez fue fuente y de la que ya no sale agua.

Fin de la visita con parada obligada en la tienda, curiosa sorpresa al descubrir tantos libros interesantes e indescriptible la mirada asesina de la dependienta al hacerla cerrar más tarde de la cuenta por culpa de un impertinente caballero de ojos azules que decidió a última hora comprar un cuaderno con unos atauriques dibujados. Poco importa la cara de la chica, si pensamos en la cara de sorpresa de quien recibió esa libreta como regalo.

domingo, 2 de octubre de 2011

CONVERSACIONES CON LANA

Svetlana (Lana para los amigos) es la preciosa y pizpireta perrita de una amiga mía que tuvo el detalle de acogerme en su casa las semanas que pasé en Sevilla haciendo un curso. Con nombre de gimnasta rusa compitiendo en barras paralelas, mi perruna amiga me dio la oportunidad de pasear en suelo sevillano mientras debatíamos sobre lo divino y lo humano.
El recibimiento de la ciudad fue estupendo, unas milhojas de boquerones y unas carrilladas en Gastromium, ahora reconvertido en bar de tapas tras  olvidar su pasado como restaurante para sibaritas, lugar perfecto para los quiero y no puedo de la ciudad, que por un precio módico pueden sentarse en un restaurante de diseño luciendo sus politos de Abercrombie sin tener que pagar un dineral por comer. Quede dicho que yo no soy de los quiero y no puedo, ahora mismo sólo me quedo en los no puedo y en vez de marcas caras me estoy aficionando a la moda Low Cost.
Son muchos los recuerdos y las personas que quedaron en la ciudad y ha sido todo un placer volverlos a ver, recordando mi etapa de sufrido estudiante de la carrera con menos futuro del panorama nacional, arquitecto. Ya es hora de que la gente se quite de la cabeza al insufrible y mediático Joaquín Torres (alter ego del estudio Acero) y se den cuenta que no todos nos dedicamos a hacer casas de diseño para ricos, aunque no sería un mal plan de futuro, ¿nadie necesita una mansión?.
En esas semanas tuve la oportunidad de comenzar una relación inesperada con una perra que cada mañana se revolucionaba cuando me veía con su correa en la mano, señal inequívoca de que el paseo matutino daba su comienzo. Al principio tironeaba alterada, deseosa de salir a la calle, pero una vez pasada la esquina a sabiendas que el paseo había comenzado se relajaba y me iba marcando el camino, pues no nos equivoquemos, era ella la que me sacaba de paseo y no al revés.
Como persona de carácter templado yo tenía la ocurrencia de razonar con ella, fruto de mi desconocimiento total del mundo perruno, por lo que cuando avistaba un perro( las perras no le interesaban nada) ella se lanzaba en pos de un compañero de juegos y yo muy amablemente le explicaba que no debía dar tirones y que tendría que jugar conmigo y no con ese perro que le doblaba el tamaño y tenía cara de muy malas pulgas. Dichos razonamientos no funcionaban y al final no me quedaba más remedio que seguir su ritmo. Nuestro paseo continuaba por el Parque de Maria Luisa donde la lengua de Lana se soltaba y comenzábamos nuestras disertaciones.
El primer tema era la política, ella opinaba que el gobierno debía dejar sus piensos de marca y pasarse a los del mercadona, a lo que yo le contestaba que sería interesante ver a un político renunciar a su suelto desorbitado, pero que veía más posible que volviesen a bajar el sueldo de los funcionarios. De vez en cuando la conversación se interrumpía por el descubrimiento de una paloma a la que perseguir o un nuevo rastro oloroso que había que investigar con alma de científico del CSI. Donde si que no coincidíamos era a la hora de elegir música para los paseos, siempre que elegía a Debussy me decía que ella prefería a Rafaella, así que al final hacíamos nuestro recorrido por el antiguo jardín de los Montpansier a ritmo del Rumore Rumore.
Supongo que para los paseantes verme intentar que una perra mediante el mero razonamiento vaya en la dirección que quiero o no se pare demasiado puede resultar un tanto raro, cierto es que no conseguí que siguiese mi criterio, pero nuestras charlas bajo los antiguos Ficus del parque no tienen precio.
Como colofón a mi visita sevillana me regalaron con una cena sorpresa, tan de sorpresa que encontré por la calle a varios de los invitados, que ante la imposibilidad de esconder o inventar una excusa me dijeron con la mirada lo que iba a ocurrir. Poco importaba saberlo o no, fue una velada fantástica donde reimos mucho y yo me despedí de mi querida perrita, aunque nos volveremos a ver pronto.

domingo, 17 de julio de 2011

NOCHE EN PALACIO


En pleno verano y en una ciudad como Córdoba hay que esperar a que la luna salga para poder abandonar el letargo en el que nos deja las tardes calurosas. Si el plan incluye visitar un palacio, entonces no hay excusa posible para quedarse en casa, una bonita camisa azul, pantalón beige y mis mocasines preferidos color verde y estoy listo.
Dicen que una imagen vale mil palabras y que es imposible causar una segunda primera impresión y al ver a la guia que nos iba a acompañar por el palacio supe que como mínimo iba a ser divertido. Me encontré con una señora llegando a los 50, alta, de un moreno marbellí imposible acompañado de un rubio tintado y unos labios fabricados en un buen cirujano, tan graciosa dama se había enfundado en un mono de flores creación indiscutible de una firma low cost nórdica y una cuñas altísimas que dejavan ver unas uñas pintadas de rojo pasión. En esos momentos me pregunté si el palacio habría pertenecido a los Von Bismark y tenía a una prima de Gunilla como guia.
Con una pronunciación muy correcta nos invitó a comenzar la vista dispuesta a mostrarnos la aristocrática vida en un palacio para el verano de una de las familias mas importantes de Madrid. No dudo el buen gusto de elegir Córdoba, pero yo la prefiero en primavera, ¿que sería de la pobre marquesa de Viana recibiendo a la reina Victoria Eugenia enfundada en un traje de noche de Worth en pleno Agosto?.
El primero de los 14 patios te recibía a lo grande, una galería porticada con columnas toscanas y ventanas pintadas en azul, adornado con piezas arqueológicas y una variedad vegetal envidiable. Nuestra queria guia me sorprendió al hablarnos de las diferentes variedades de las plantas y pese a que en verano no están en us mayor apogeo consiguió hacer imaginar a aquellos que nunca lo han visto en Mayo de un patio donde un sobervio rosal de pitiminí competía en belleza con una delicada glicinia y una exuberante Buganvilla. Me sorprendió muchísimo la atención que dedico a las plantas en todo el recorrido, aunque es cierto que uno de los mayores patrimonios del palacio es le vegetal, aunque las colecciones y mobiliario no se quedasen atrás.
Fue un recorrido a lo largo de habitaciones y galerías que se comunicaban unas con las otras y que al final te ofrecían enmarcadas por una ventana azul la visión de alguno de los patios, el rumor del agua y el aroma del jazmín.
Pese a que las explicaciones de la guia eran muy interesantes y conseguía mantener atenta a toda la masa de visitantes enfundados en sus bermudas y sandalias yo prefería quedarme atrás y disfrutar de las habitaciones en soledad, pudiendome detener a observar un magnífico biombo chino o en la sorprendente colección de azulejos que decoraba una de las galerias. Aunque si ese palacio estuviese vacio seguiría siendo hermoso, pues son sus espacios y perspectivas lo que lo dotan de un encanto especial, fiel reflejo de un estilo de vida que se desarrollaba de puestas a dentro.
Los patios y las habitaciones se sucedian, mientras la luna llena iluminaba las fuentes y se reflejaba en los espejos venecianos y al ver la habitación de invitados, que se abría con un gran ventanal hacia un pequeño patio entendí el porque de unas vacaciones estivales en una ciudad tan calurosa, pues gracias a las fuentes y la vegetación uno se sentia en la más completa calma y no costaba mucho imaginarse una cena en ese espacio incomparable.
Pero igual que la cenicienta, a las 12 el sueño se rompió y hubo que abandonar el palacio, mi zapato no se quedó perdido en las escaleras pero si que pude llevarme muchas sensaciones que me acompañaron por mi posterior paseo por las callejuelas de la ciudad.

domingo, 10 de julio de 2011

MIDNIGTH SUMMER DREAM

  


     " Si esta ilusión os ha ofendido,
       pensad, para corregirlo,
       que domíais mientras salían
       todas estas fantasías.
       Y a éste pobre y vano empeño,
       que no ha dado más que un sueño,
       no le pongáis objeción,
       que así lo haremos mejor.
       Os da palabra este duende:
       si el silbido de la serpiente
       conseguimos evitar,
       prometemos mejorar;
       si no, soy un mentiroso.
       Buenas noches digo a todos.
       Si amigos sois, aplaudid
       y os lo premiará Robin."

Con éstos versos termina una de las obras de Shakespeare, El Sueño de una Noche de Verano, una historia de enredos cuyas marionetas se mueven gracias a las hábiles manos de Oberón y Titania, rey y reina de las hadas y durante una noche de verano y bajo la atenta mirada de la luna los equívocos se suceden. Es el fiel ayudante de Oberón, el duende Puck el que cierra la obra con unos geniales versos que consiguen arrancar la sonrisa del lector.
El tórrido verano ya ha llegado y si durante el día paseamos aletargados bajo el azul cielo de la ciudad califal, es durante la noche y bajo el amparo de la brisa cuando las mentes y los sentidos se despiertan. Son noches para pasear sin rumbo por las callejas, encontrando rincones olvidados y soñando entre piedras centenarias que respiran alividas con el frescor de la noche.
Son éstas noches de verano, en las que nos sentamos en terrazas frente al río y alargamos las conversaciones hasta la madrugada cuando nuestra mente se despierta y una idea siempre recurrente golpea nuestra cabeza:
hay que salir de la ciudad.
Nunca es tan fácil encontrar aparcamiento, la ciudad está desierta, salvo las tiendas que bajo el auspicio de sus aires acondicionados congregan a todos aquellos deseosos de encontrar una ganga en las rebajas. No nos engañemos, pese a los insufribles consejos que nos dan los magacines contándonos la vieja historia de señoras peleándose por una prenda(el otro día volví a escuchar éstas memeces en la radio de boca de una presentadora a la que consideraba respetable). ¿Quién necesita pelearse por algo pudiéndolo comprar online?. Yo he tomado la firme resolución de no poner un pie en las tiendas, mi armario está repleto y pese a que no puedo decir que no a unos nuevos mocasines o a una de mis adoradas pajaritas, en tiempos de crisis prefiero viajar a comprar ropa. Se que extrañarán mi presencia en Purificación García, pero seguro que pueden sobrevivir sin mi, aunque en pocos verán su ropa mejor puesta que en mi humilde persona.
Ahora la gente emigra a la playa, cargados con sus sombrillas de colores, la nevera, la sandía y la abuela, dispuesto a convertir un trocito de arena en el salón de su casa, del norte al sur la historia se repite, madres gritando a los niños que nadan demasiado lejos, amigos jugando a las palas y esa explosión de modelos tropicales llamados bikinis que siempre se combinan con los complementos. Salvo que estemos en Marbella o Ibiza donde los bikinis se convierten en esa cosa tan absurda llamada trikini y las famosas bajan a la playa subidas en zapatos imposibles.
Mi sueño de una noche de verano se aleja mucho de eso, pues está lleno de silencio interrumpido por el romper de las olas o el click de la cámara de fotos, mi vista se pierde en un bosque sin fin lleno de árboles y no de sombrillas y en mi mano una copa de un vino blanco portugués que me recuerda a una terraza de Lisboa. Mi maleta está llena de libros en vez de bañadores, en mi mochila un lápiz y una libreta comparten sitio con una tableta de chocolate y mis pies camina tranquilos lejos del asfalto.
No se donde está ese lugar, pero el próximo mes pienso encontrarlo.

sábado, 2 de julio de 2011

LA CIUDAD DE LAS JANELAS ENMARCADAS


La primera impresión de una ciudad nunca se olvida, algunas te regalan la silueta de sus edificios o la vista fugaz de un monumento que sirve de aperitivo antes de conocer la ciudad, en el caso de Lisboa una primera mirada te inunda con el sabor característico de la ciudad.


Lisboa vista desde el puente te aporta una sensación difícil de explicar, al verla desde lejos percibes su carácter que te hace volver a tiempos pasados, marcado por una unidad arquitectónica que ha sabido preservar la esencia y el encanto de una urbe que enamora a aquellos con un mínimo de sensibilidad.
Ando mirando a los tejados que se curvan suavemente recordando la influencia de oriente en esas esquinas que vuelan hacia el cielo o mirando hacia el París mas frívolo al ver esas buhardillas diseñadas a los sones de La Boheme, pero sobre todo son esas ventanas enmarcadas en piedra, cada una en un estilo diferente pero todas con la impronta grabada de la ciudad. Ventanas que se abren para mostrar sus secretos y sus habitantes son fotografiadas por un ojo inquieto mientras otro no menos inquieto hace una fotografía del conjunto., el fotógrafo ha sido fotografiado.

Pero no sólo sus tejados te hacen soñar, basta con mirar al suelo para perderse en un mar de adoquines de caliza y basalto, unos cubos de piedra que mezclando el blanco y el negro distraen tu mente con sus dibujos hasta que tu sombrero sale volando y no te queda más remedio que salir de la ensoñación y correr tras él si no quieres ver como uno de sus antiguos tranvías le pasa por encima. Por suerte recuperé el sombrero.

Lo más bonito de un viaje no es cumplir con la visita a todos sus monumentos, sino tener tiempo para soñar mientras paseas por sus calles y yo en eso soy un experto, demasiado dado a la ensoñación, capaz de perderme sin moverme de mi sitio y dejar pasar el tiempo mientras embobado dibujo una bandejita japonesa en el museo Gulbenkian, un castillo de cuento para niños soñadores.

El viaje está lleno de recuerdos, pero si con algo me quedo de la ciudad es con la impresión de saberme dueño de una de esas ventanas, por la que me asomaría cada mañana para dar los buenos días a una ciudad que me ha robado el corazón.