sábado, 10 de diciembre de 2011

EN RÉGIMEN DE CREATIVIDAD VIGILADA

Como un preso al que le dan la condicional veo cortado mi instinto creativo a la hora de decorar la casa en vistas a las navidades. No pondremos en duda que soy el alma creativa de la casa y que en cuestión de gusto podría ser el árbitro al modo de los personajes de las novelas inglesas del XIX, pero con cierta facilidad olvido que no soy dueño de mi casa, pero mi tiempo llegará y mi árbol brillará más que la sonrisa de Isabel Preysler al recibir a sus invitados con unos ferreros roché, aunque en mi caso prefiero el Möet et Chandón, que es más fino y emborracha.


La situación se repite año tras año, yo soy el que sube el árbol, el que lo monta, coloco las cosas y en el último minuto mi madre tiene un ataque de naviditis, le da su toque y deshace lo que he hecho y mi idea se viene abajo. Hace años sufrimos la misteriosa desaparición de todos los adornos de árbol, eso provocó una crisis peor que la que sufre España con la caída de la deuda y el aumento del paro. La tensión flotaba por mi casa ante el extraño acontecimiento y finalmente tuvimos que reponer los adornos, aunque nunca fueron tan bonitos como los perdidos. Éste año se han comprado bolas nuevas, pero eso no es suficiente para un espíritu sensible. El resultado sin ser feo se queda a medias, pese a que he hecho todo lo posible por que quede precioso, mis ideas han quedado en el aire, como el proyecto de un árbol que podría haber sido magnífico, otra vez será.

El otro elemento indispensable es el belén, un precioso conjunto de figuritas que fui pintando en mis años de perdida adolescencia, logrando un conjunto realmente bonito. Pero sólo pude montarlo completo un año, el resto se ha visto censurado y recortado al misterio. Éste año como si de un gran hermano se tratase volvieron las nominaciones y las expulsiones, la Virgen como es la inmune de la semana por el milagro divino no puede abandonar la casa y no dudó en nominar a la lavandera, para quedarse como única mujer, mientras que San José no tuvo piedad con los Reyes Magos, esos ricachones capaces de quitarle protagonismo. Al final tuve que hacer de Mercedes Milá y anunciar las expulsiones, hubo lágrimas y alguno pensó en la repesca, pero tendrán que esperar al año que viene.

Ante tal panorama no me queda otra que encerrarme en mi habitación, poner una selección de villancicos favoritos y al ritmo del Let´s Snow cantado por Frank Sinatra canalizar tanta creatividad en la escritura acompañado por un trocito de turrón, más navideño imposible. Mañana a pensar en los regalos, cosa que siempre acaba dándome más de un dolor de cabeza. y dará para una nueva entrada.

lunes, 5 de diciembre de 2011

LA MANCHA MODERNA

La Mancha es profunda, muy profunda y te recibe siempre con los brazos abiertos, sobre todo con un gran amigo esperando para recibirte. Así que después de unos días en Madrid en los que disfrutamos de una comida de lo más divertida, mi bolognesa no estuvo mal, pero la cheese cake me salió riquísima, pese a lo mal que me llevo con los hornos ajenos. No sé qué habrá sido de la mitad de la tarta que se quedó en el frigorífico, pero algo me dice que un goloso disfrutó de ella a su vuelta del fin de semana. Mientras degustábamos pasamos de un tema a otro, empezando con la inauguración de Gatti y terminando con un examen exhaustivo a la segunda temporada de Downton Abbey. Realmente divertido, así que habrá que pensar en repetirlo.

Tras esos días de trabajo y tea party cogimos un bus y nos marchamos camino de Tomelloso, no sé si en busca de El Quijote o de sus productos gastronómicos, así que mientras uno dormitaba y el otro leía en su portátil,¿hay cosa más incómoda?, llegamos a una Mancha que nos recibía con bastante frío y la promesa de una cena deliciosa. Nunca he sido bueno mezclando gente, me queda mucho que aprender de las anfitrionas inglesas de la alta sociedad, que con exquisito gusto mezclan gente. En éste caso iba sobre seguro, dos personas educadas, inteligentes y con aficiones en común iban a conectar, aunque eso hiciese que acabase escuchando al día siguiente en el coche todo el repertorio de Chico y Chica.

Gracias a Juan y pese a su ausencia cenamos una lasaña de verdura riquísima y la adicción que tenemos Emilio y yo se vio ampliamente saciada con un tiramisú que Javi borda, voy a plantear al gobierno que por ser parado me manden todas las semanas una bandeja de pasteles, así estaría mucho más feliz.

El Sábado fue día de turismo, empezando con los restos arqueológicos de Segóbriga, ciudad romana que acabó siendo abandonada pero que sorprende por su teatro y anfiteatro. Por supuesto el evento requería un dress code campestre aunque yo llegase a la Mancha con todo mi arsenal de pajaritas, algo así como hace mi “querida” Pe cuando se quita sus palabra de honor de alta costura y se enfunda en la piel de la protagonista de Volver, aunque yo siempre he pensado que bajo esa caracterización tan estupenda y un papel tan intenso se escondían unas bragas de 500 euros de La Perla, aunque Almodóvar la vista de actriz, petarda se queda.

Al anfiteatro le faltaba la escena, con sus columnas y estatuas pero se veía magníficamente compensado con un paisaje verde y azul, sin duda un telón digno del desaparecido. Aunque las piedras se vieron ensombrecidas por la digna interpretación de un moderno Virgilio, que declamando pese a la vergüenza nos hizo reír. Sitios como éste siempre hacen volar la imaginación y al cerrar los ojos reconstruyes la ciudad hasta verla en todo su esplendor.

Tras la visita una buena comida manchega y de vuelta a la carretera a perdernos en un pueblecito de casas blancas y calles empinadas que culminaba en un impresionante monasterio hoy convertido en seminario. Arquitectónicamente es impresionante, desde su fantástica fachada llena de símbolos de la orden de Santiago al refectorio donde las nuevas generaciones de hombres de Dios comen con Coca Cola bajo un artesonado renacentista que haría ensombrecer a algunos ya vistos en algún palacio. Pero lo realmente auténtico del lugar son los jóvenes seminaristas que lo habitan, pues estando como tontos turistas haciendo fotos desde uno de los ventanales de la galería superior y ante la imposibilidad de volver a cerrar las antiguas hojas de madera uno de los seminaristas tras un tremendo resoplido gritó un inesperado “quite” en el que la “e” se alargó al infinito y el vozarrón, más propio de un cabrero dirigiendo a sus animales, nos dejó perplejos.

Con la cabeza llena de historia iba en el coche pensando que por hoy había aprendido bastante y ahí estaba muy equivocado, pues los dos caballeros que me acompañaban en mi aventura se lanzaron en un duelo al estilo del programa “Furor” cantándose todo el repertorio de ese grupo de modernas llamado Chico y Chica. Perplejo los miraba y escuchaba, mientras las frases se sucedían pues yo no conocía ninguna canción del grupo, quizás debí lanzarme con algún aria de ópera, pero seguro que Pavarotti se habría aparecido en mitad de la carretera dispuesto a llevarme a los infiernos, así que callé y escuché, con la determinación de escuchar la discografía completa del grupo para la próxima no quedarme fuera del juego.

Los dos abuelitos pedimos quedarnos viendo una peli en vez de salir, los años pesan y el frío de la Mancha lo suficientemente disuasorio como para preferir la comodidad de un sofá a el musicón del local rockero del pueblo. La película una oda indie llena de actores indies con un guión muy indie pero para sorpresa nuestra con un final muy mainstream.

Y como todo lo bueno se acaba la mañana del Domingo terminó con rapidez y me vi corriendo por la estación cargado con mis maletas un minuto antes de salir el tren. Mi corazón latía a mil por hora, la maleta con Gatti dentro pesaba como un muerto, pero conseguí montarme en el tren y volver a Córdoba. Ya de vuelta aparte de los buenos recuerdos me quedaban unas ricas tortas de Alcázar que hicieron la delicia de éste goloso.

viernes, 2 de diciembre de 2011

GATTI PARTY


Volver a Madrid es siempre una experiencia y ésta vez no iba a ser menos, me esperaba la inauguración de la exposición de Gatti gracias una invitación preciosa en un sobre negro con el nombre y la dirección escritos a mano dirigida a quien se ocupó de convertir esos textos en algo interesante que leer. Nos faltaron dos grandes damas, pero fuimos un grupo de lo más divertido.


No había dudas en cuanto a la pajarita, si te vas a codear con toda la modernez madrileña y la vas a mezclar con los rescoldos de una movida ya pasada, no podía pensar en otro complemento. Lo malo llega cuando te ves la cama llena de pajaritas y no sabes por cual decidirte, la indecisión es mi bandera y si no me cambié veinte veces de modelo no me cambié ninguna. No era un evento excesivamente formal por lo tanto tuve que desechar mi primera opción ya que desentonaría un poco, eso significaba que la chaqueta azul transportada desde tierras califales seguiría en su funda a la espera de una soirée más apropiada, una lástima porque estaba realmente guapo. Muchos fueron los cambios de ropa para al final decidirme por una pajarita de terciopelo verde y un atuendo con toques sport y detalles más elegantes, como el pañuelo en el bolsillo a juego en color con su corbata y los zapatos acharolados.

Entré justo cuando Pedro Almodovar hacía su aparición estelar y otros tantos invitados se marchaban apresuradamente (como la gran Topacio Fresh o Bibiana), pues esa noche había otra fiesta a la que no tuvieron el detalle de invitarme. Tras la entrada triunfal y encontrarme en una sala llena de gente, intentamos ver las obras sin dejar de mirar a todos los VIP que iban entrando. Tras la conmoción provocada por la troupe almodovariana llegaron otras sorpresas, una fue comprobar que Carmen Lomana ha conseguido a base de Botox que su sonrisa nunca se borre y su espléndida figura se vio resaltada por un precioso vestido negro, lástima que se quedase sin batería del móvil y no fuese capaz de localizar a su chofer, por suerte un amable madrileño tuvo el detalle de indicarle dónde se encontraba la puerta aunque no supo de quien se trataba al señora al entrar y contarnos la historia.

Otro de los hits de la noche fue Mario Testino, el famosísimo fotógrafo se encontraba rodeado por cámaras de televisión mientras sus tres ayudantes-modelos, pues es imposible pensar que los dos caballeros y al dama no lo fuesen dada su belleza, pululaban en torno a su jefe-dios que comentaba con la sonrisa propia de alguien que cena con Anne Wintour lo mucho que le encantaba la exposición. Mucho glamur para una fiesta que ningún moderno quiso perderse, pues nadie salvo el eterno acompañante de David Delfín estaban invitados a la fiesta de esmoquin de GQ. Pelayo y sus amigas gótico-ateas me hicieron reír en muchos momentos, que buen negocio es ser compañero de y con su estilismo sacado de una revista de tendencias y vestido de arriba debajo de grandes marcas. No fue el único, porque el despliegue de modelitos modernos daría para todo un libro de Taschen, lo podrían titular “modernitos a base de pasta y Botox”, porque los más mayorcitos hacen su particular acto con Mefistófeles a base de la toxina botulímica y los jovencitos no olvidaban sus tupés, zapatos de suela ancha, pitillos con ese aire descuidado que suelen llevar los que dedican más de tres horas a arreglarse tras una intensa tarde de compras por las mejores tiendas de Madrid. Cuánto daño ha hecho el reálity de MTV viendo como Marito se gasta 20000 euros en dos cazadoras de Balmain.

Una fiesta no es una fiesta si no aparece Bimba Bosé, enfundada en un chándal negro y acompañada de toda su prole se dispuso a recorrer una sala llena de fotos suyas para regocijo de una de sus hijas, que iba contando en cuantas fotos salía su mamá, el encantador Gatti comentó al padre de la pequeña que iba a acabar aburrida de contar las fotos en las que salía su madre, porque la exposición y cito palabras textuales “son para vos”. Increíble comentario para alguien que ha trabajado con tanta gente, pero Bimba es Bimba y algún día tendrá su propia marca de cereales. Tenemos a Bimba hasta en la sopa.

La exposición se organizaba en tres plantas, si bien la primera se dedicaba a toda la carrera de Juan Gatti y sorprendía por la cantidad de trabajos que ha realizado, las siguientes se convertían en un ego-homenaje a lo que es su último trabajo, una serie de fotografías un tanto insulsas que son incapaces de transmitir el genio de un hombre que ha hecho de su trabajo su mejor trofeo. Imposible no pararse en las invitaciones que ha diseñado o las portadas de discos de grupos famosísimos, preciosas sus portadas para Vogue Italia, arriesgadas, desprendiendo arte y con todas las supermodelos de los 90. Poder hablar con él dos minutos fue todo un regalo, fue amable y escueto, pero todo quedó en una conversación cortés en la que agradeció el trabajo de Emilio como corrector, bien merecido pues esos textos han dado muchos dolores de cabeza incluso provocaron una disputa lingüística digna de un artículo periodístico.

Los invitados con su expresión de “somos muy importantes” revoloteaban entorno al anfitrión, quien de vez en cuando iba regalando a sus íntimos el catálogo de la exposición, 5 kilos de un trabajo impresionante al módico precio de 97 euros. En mi caso no fue doloroso pagar los 97 euros, pues me lo regalaron, pero pasear los 5 kilos de Madrid a la Mancha y acabar en Córdoba fue toda una señal que me indicaba que ya era hora de apuntarme a un gimnasio. ¿Estaría pensado para esa nueva raza de hombres que mientras levantan pesas en el gimnasio conversan sobre la nueva antiarrugas de Sisheido?.

No hubo copas o aperitivos, sólo arte y un homenaje a esa expo del 92 con un vídeo imposible en lo que fue el depósito de agua, aunque no sabíamos que Gatti tenía una fiestecita privada para sus amiguitos en su estudio, a la que llegarían Alaska y su imposible marido después de recibir éste un premio con pajarita negra y piernecitas de anoréxico. Una fiestecita bien documentada por una serie de bloggers ahora en boga y que no dudan en hablar de lo exclusivos que son mientras no tardan ni quince segundos es subir las fotos a su Twitter y presumir de famoso.

Y de la movida acabamos tomando una ensaladilla infame en un barecillo typical Madrid, sin duda el mejor final para una exposición que merecía un toque castizo, aunque fue sólo el preludio de un gran fin de semana.

viernes, 18 de noviembre de 2011

TERRORES NOCTURNOS

No es el principio de una película de terror, sino el comienzo de una merienda que me hizo descubrir hasta qué punto los habitantes de dichas películas pueden rodearte en el sitio más encantador. Es un cuento de terror en el Madrid más cool.


Como no podía ser de otro modo, nos encontrábamos merendando en un nuevo establecimiento donde todo está cuidado al detalle, desde la arquitectura resaltada con un precioso mobiliario hasta la dueña esperando en la puerta para encontrarte una mesa. El sitio tiene el éxito asegurado a juzgar por las atestadas mesas, por lo que nos acompañaron a la mesa común, ese concepto tan nórdico en el que una silla vacía significa que cualquiera puede sentarse. Ningún problema al respecto pues siempre puedes llevarte gratas sorpresas.

Siendo un goloso empedernido es complicado decidirse, pues el aspecto de todos los pasteles era delicioso, salvando los dedicados a Halloween que ni fú ni fa. La pobre camarera tuvo que esperar un buen rato hasta que nos decidimos, un café con leche y una tartaleta de Jijona para el caballero y un capuccino acompañado de una tartita de limón para mí. Dos niños en mitad de Disneylandia no habrían tenido la expresión de felicidad que tuvimos al probar el postre, sencillamente delicioso.

El ambiente era distendido, pijerio madrileño que en contraste con el andaluz huyen de caballitos y gominas, aunque siempre fieles a los bolsos de marca. Un tanto eclécticos con ese aire de gente de negocios y sus Iphones ondeando como banderas. Yo en cambio opté por la pajarita que suele formar parte de mi uniforme cuando pongo un pie en Atocha, por el sur siguen mirándome raro cuando paso, peor para ellos.

Tan ensimismado estaba con mi tartita que no presté atención a quienes entraban por la puerta, menos mal que con discreción fui avisado y no tuve más que levantar la vista para verlos entrar. A primera vista se diría que eran hermanos pues compartían rasgos, pero algo me decía que la naturaleza poco había tenido que ver con eso, ni los más caprichosos giros de esas hélices que forman el ADN podían haber llegado a crear eso. Pómulos exageradamente destacados, labios que harían morir de envidia a Melanie Griffith, ojos achinados y un uniforme color tostado, que sin llegar al naranja Valentino (no confundir con su maravilloso rojo que lo usa en sus trajes de noche) hacía que yo pareciese un fantasma.

Pero por si no era suficiente ese despliegue de cirugía para ocultar una edad que habría sido imposible calcular, nos deleitaron con un despliegue de marcas digno de la mejor tienda de Madrid, con ese maravilloso culto al Logo con el que los nuevos ricos disfrutan. Él con un jersey cuyo escote era digno de los mejores tiempos de Marilyn Monroe, mostrando pectorales (no sé si producto de gimnasio o de cirujano), pañuelo de calaveras de un difunto diseñador inglés, vaqueros ajustados de un italiano amante de los estampados animales y un casco de otra casa italiana. Ella lucía el mismo escote, aunque relleno con dos pechos tan esféricos como artificiales, bolso de marca, vaquero de marca y taconazo de marca.

Imposible no mirar y quedar anonadado con esa imagen, aunque bien pensado debe ser bonito que una pareja (pues sus arrumacos me hicieron desechar la idea de que fuesen hermanos) fuese junta al cirujano y estuviesen tan compenetrados para hacerse lo mismo. Si eso no es una muestra de que Cupido los ha tocado con sus flechas, que venga el amorcillo a contármelo.

Quienes me conocen saben que soy un miedoso empedernido y que disfruto muy poquito con las películas de miedo, pero desde esa tarde ese tipo de películas me parecen cuentos de hadas comparada con la visión de tanto plástico en movimiento. Hoy he tenido la buena idea de ver la nueva serie American Horror History, definitivamente debería pasarme a las películas infantiles.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

SEVILLA TIENE UNA COSA, QUE SÓLO TIENE SEVILLA


Sevilla tiene una cosa que sólo tiene Sevilla, contaba una preciosa sevillana de Pareja Obregón y pese a la opinión que se suele tener fuera de la ciudad la canción tiene toda la razón, es una ciudad que te atrapa en sus contradicciones, sus contrastes y su belleza, aunque hoy por hoy la prefiero como turista accidental que como habitante.


Y como la historia va de sevillanas y coplas empecemos por la primera que no es otra que esa famosa María de las Mercedes, una dalia que cuidaba Sevilla en el parque de los Montpansier, heroína de la memoria española que soñaba con su príncipe en unos preciosos jardines que alcanzaron su cenit con la exposición del 29 y que hoy pese a su encanto son sólo un reflejo del vandalismo y el poco aprecio hacia un espacio digno de un buen paseo. Lugar imprescindible a la hora de enseñar la ciudad, perderse por sus caminos invadidos por la hiedra o acabar en la Plaza de España para sentarse en el banco de Córdoba, de vez en cuando hay que rendirse a los tópicos del turista.

El sol se esconde y la ciudad se enciende, una vez cerrados los comercios y desaparecido el bullicio las callejuelas se vuelven más interesantes, las sombras te hacen verlas de forma distinta, lo tópico se vuelve misterioso y el sorprendente olor de una dama de noche en pleno Octubre te detiene a disfrutar de ese instante.

Ser el guía en la ciudad donde viví tantos años me llena de presión y mis ansias por enseñar cada rincón me hace ser más inquieto de la cuenta, olvidado el placer de levantarse tarde y tomar un desayuno con calma, la calle nos espera.

Un poco de frivolité probándonos gafas carísimas, en busca de las gafas que lució en su boda el hoy marido de la princesa sueca, pero como la cabra siempre tira al monte, mis ojos se pierden entre las Rayban y los diseños retro de los 50. Antes de salir de la tienda en la cual no íbamos a comprar nada una sorpresa, la revista más casposa de la ciudad con una Gunilla Von Bismark maravillosamente photoshopeada en la portada, mi mente no tardó ni un segundo en decidir que esa revista tenía que llevármela.

Si algo le faltaba a esa revista eran patillas, como las que luce el personaje que la edita, alguien que se mueve entre las reuniones de antiguas alumnas de conocidos colegios sevillanos como si asistiese a la famosa fiesta Black & White de Capote, con una pequeña salvedad, no hay duquesas, escritores ni socialités, sino una clase media alta con aires principescos y aroma a rancio. Porque si algo no le falta a la ciudad son duquesas y desde luego de las auténticas.

Una de las duquesas es tremendamente mediática, a sus ochenta y muchos se casa con un hombre más joven, se marca unas bulerías a las puertas de su impresionante palacio y nos regala sus memorias. La otra mucho más discreta, recluida ve como su ex nuera quiere a todo el mundo vestida de Valentino (esa gran Nati) y su nieto, heredero de la casa ducal, se pasea por las revistas del brazo de su mujercita, la aparejadora que transmutó en diseñadora de Mango, aunque a ella gustaba obviar el apellido técnico de su carrera de arquitectura, como bien le dijo una vez el Duque de Alba a Franco, siempre hubo clases.

Tras una hojeada a la revista con un delicioso pastelito en la mano nada mejor que un vermú para seguir desgranando los secretos que semejante publicación revelaba fui advertido de un curioso detalle. Un grupo de extranjeras bebían en una tasquita lindas botellas de agua azules, mientras una con una cerveza que sólo servía para mojarse los labios y convertirse en la protagonista de una sesión de fotos inmediatamente subidas a alguna de las redes sociales de las muchachas, seguramente con el mensaje de una fiesta alocada en Sevilla.

Un sábado soleado en Sevilla es para comer bien y la elección no pudo ser más acertada, uno de mis restaurantes favoritos, a medio camino entre la alta cocina y el local de toda la vida, con un servicio muy atento y una comida deliciosa, lo que no esperaba es verme amenizado por tan impactante presencia.

Mientras elegimos el menú mi invitado me hizo mirar a la gente que acababa de llegar y me encontré con unos tacones imposibles, un pantalón marcando una figura curvilínea y una melena leonina, una andaluza de pro que al girarse me desveló su rostro, impactantemente marcado con unos labios siliconados, no era otra que Vicky Martín Berrocal, alias la diseñadora. Si con una mujerona como ella no fuese bastante llegó su hermana, un clon un tanto desmejorado del original, con zapatos imposibles, mini shorts más propios de un brunch en París que una comidita en Sevilla y como acompañantes de las dos bellas damas amigos y niños. Decir que sus conversaciones eran insustanciales es quedarse corto, empezando por la hermanísima mostrándole a su sobrina y a los dos niños de nombres impronunciables el catálogo de una marca de coches de lujo para que eligiesen uno o sus dudas sobre si en la discoteca de moda podían entrar 1500 personas, ¿dónde iba el resto, si ese es el único al que hay que ir?. Yo como buen caballero les recomendé le arroz, una exquisitez, ante una perpleja hermanísma que pensaría como un mortal como yo podría dirigirse a ella, sin saber que era yo el que hacía esfuerzos por no mirar unos labios que daban miedo.

Y como de duquesas va el juego fuimos a visitar Medinaceli o la Casa Pilatos como comúnmente se la conoce. El palacio bellísimo, lleno de perspectivas y jardines, pero si la arquitectura puede ser sorprendente mucho más lo es la guía que usando su idioma era un robot a pilas, capaz únicamente de romper su monótono discurso para hacer una broma de mal gusto sobre el magnífico Adriano y su según ella su esclavo “favorito”, con sus comillas marcadas con sus deditos al traducirlo al inglés, que por cierto era propio de un niño de primaria, ¿con los 16 eurazos que te cobran no podrían contratar a alguien con un poco de cerebro?, supongo que eso es imposible.

Las calles nos arropan y nuestro paladar se desborda entre helados de pestiño y quesos de cabra con mermelada de pimientos, el museo de bellas artes nos deja con la mente en el pasado, cuando los conventos de la ciudad poseían un patrimonio digno de reyes donde Murillo y compañía llenaban de santos y vírgenes de dulce rostro paredes hoy desaparecidas. Y para rematar el día una lluvia inesperada en una terraza mientras comíamos nos hizo salir corriendo y dejar a medias un pollo con mostaza y arroz.

El final del viaje nos lleva al principio, una estación de tren con nombre de santa hispalense donde el adiós es sólo un hasta la semana que viene.

viernes, 14 de octubre de 2011

LA CIUDAD PERDIDA


Imbuido por el espíritu de Lord Carnavon y acompañado de mi Howard Carter particular me fui en busca de la aventura que la arqueología te regala en la ciudad de Medinat-al –Azahara. Desechando el tweed y la pajarita por el excesivo calor me pasé al color arena y las bermudas y nos lanzamos a la búsqueda del tesoro.


Al llegar encontramos el primer tesoro, un edificio blanco escondido en el terreno, como un cofre dispuesto a enseñarte al abrirlo todas sus maravillas. La umbrosa entrada te recibe con sus frescor y te invita a resguardarte de un sol todavía veraniego poco recomendado para una excursión como esa. Cierto es que dos cabezas piensan mejor que una y que la barba es símbolo de sabiduría y puesto que tanto de cabeza como de barba estábamos bien servidos los dos llegamos a la conclusión de dejar el recién descubierto museo para más tarde y aprovechar lo que quedaba de mañana para visitar los restos arqueológicos.

Ciudad califal, joya de la corona y espejismo que apenas duró 100 años, Medina Azahara es hoy un leve espejismo de lo que una vez fue un sueño. Es la imaginación la que te hace levantar los muros y hacer a las bellas columnas de mármol sustento de ricos techos cubiertos de artesonados. Siguiendo la estela de la enigmática Scheherazade empecé a contar un cuento de forma que por arte de magia las fuentes volvieron a dejar correr el agua, las estancias se llenaron de perfumes persas y el crujir de las sedas de las concubinas del gran Abderrmán III volaba en el aire como mariposas.

Pasamos calor y mientras la vista de uno se detenía en los magníficos arcos que formaban la puerta Oeste el otro perdía la suya entre los curiosos visitantes que lejos de parecerse a aristócratas ingleses en busca de aventuras se acercaban peligrosamente al de clan cavernario, aunque a falta de porras y pieles de animales deleitaban mi vista con toda clase de complementos básicos de todo buen turista. ¿Para cuándo un especial de VOGUE sobre complementos con estilo para viajeros?. Nada dejaron atrás, ni sus viseras y mucho menos ese maravilloso invento que debería estar prohibido, la riñonera, que aunque Vuittón la vista de seda, hortera se queda.

De vuelta al fresco del museo una sonrisa se esbozó en mi rostro al comprobar como la arquitectura si puede ser bella y funcional, cuya única pretensión era mostrar retazos de una historia perdida, perfectamente conseguido tras ver el video con la recreación virtual de la ciudad. Con unas salas ya vacías y arropados por el silencio de la piedra, aprendimos un poco más de un trozo de la historia en la que Córdoba brilló como centro cultural, como la hermosa cervatilla que una vez fue fuente y de la que ya no sale agua.

Fin de la visita con parada obligada en la tienda, curiosa sorpresa al descubrir tantos libros interesantes e indescriptible la mirada asesina de la dependienta al hacerla cerrar más tarde de la cuenta por culpa de un impertinente caballero de ojos azules que decidió a última hora comprar un cuaderno con unos atauriques dibujados. Poco importa la cara de la chica, si pensamos en la cara de sorpresa de quien recibió esa libreta como regalo.

domingo, 2 de octubre de 2011

CONVERSACIONES CON LANA

Svetlana (Lana para los amigos) es la preciosa y pizpireta perrita de una amiga mía que tuvo el detalle de acogerme en su casa las semanas que pasé en Sevilla haciendo un curso. Con nombre de gimnasta rusa compitiendo en barras paralelas, mi perruna amiga me dio la oportunidad de pasear en suelo sevillano mientras debatíamos sobre lo divino y lo humano.
El recibimiento de la ciudad fue estupendo, unas milhojas de boquerones y unas carrilladas en Gastromium, ahora reconvertido en bar de tapas tras  olvidar su pasado como restaurante para sibaritas, lugar perfecto para los quiero y no puedo de la ciudad, que por un precio módico pueden sentarse en un restaurante de diseño luciendo sus politos de Abercrombie sin tener que pagar un dineral por comer. Quede dicho que yo no soy de los quiero y no puedo, ahora mismo sólo me quedo en los no puedo y en vez de marcas caras me estoy aficionando a la moda Low Cost.
Son muchos los recuerdos y las personas que quedaron en la ciudad y ha sido todo un placer volverlos a ver, recordando mi etapa de sufrido estudiante de la carrera con menos futuro del panorama nacional, arquitecto. Ya es hora de que la gente se quite de la cabeza al insufrible y mediático Joaquín Torres (alter ego del estudio Acero) y se den cuenta que no todos nos dedicamos a hacer casas de diseño para ricos, aunque no sería un mal plan de futuro, ¿nadie necesita una mansión?.
En esas semanas tuve la oportunidad de comenzar una relación inesperada con una perra que cada mañana se revolucionaba cuando me veía con su correa en la mano, señal inequívoca de que el paseo matutino daba su comienzo. Al principio tironeaba alterada, deseosa de salir a la calle, pero una vez pasada la esquina a sabiendas que el paseo había comenzado se relajaba y me iba marcando el camino, pues no nos equivoquemos, era ella la que me sacaba de paseo y no al revés.
Como persona de carácter templado yo tenía la ocurrencia de razonar con ella, fruto de mi desconocimiento total del mundo perruno, por lo que cuando avistaba un perro( las perras no le interesaban nada) ella se lanzaba en pos de un compañero de juegos y yo muy amablemente le explicaba que no debía dar tirones y que tendría que jugar conmigo y no con ese perro que le doblaba el tamaño y tenía cara de muy malas pulgas. Dichos razonamientos no funcionaban y al final no me quedaba más remedio que seguir su ritmo. Nuestro paseo continuaba por el Parque de Maria Luisa donde la lengua de Lana se soltaba y comenzábamos nuestras disertaciones.
El primer tema era la política, ella opinaba que el gobierno debía dejar sus piensos de marca y pasarse a los del mercadona, a lo que yo le contestaba que sería interesante ver a un político renunciar a su suelto desorbitado, pero que veía más posible que volviesen a bajar el sueldo de los funcionarios. De vez en cuando la conversación se interrumpía por el descubrimiento de una paloma a la que perseguir o un nuevo rastro oloroso que había que investigar con alma de científico del CSI. Donde si que no coincidíamos era a la hora de elegir música para los paseos, siempre que elegía a Debussy me decía que ella prefería a Rafaella, así que al final hacíamos nuestro recorrido por el antiguo jardín de los Montpansier a ritmo del Rumore Rumore.
Supongo que para los paseantes verme intentar que una perra mediante el mero razonamiento vaya en la dirección que quiero o no se pare demasiado puede resultar un tanto raro, cierto es que no conseguí que siguiese mi criterio, pero nuestras charlas bajo los antiguos Ficus del parque no tienen precio.
Como colofón a mi visita sevillana me regalaron con una cena sorpresa, tan de sorpresa que encontré por la calle a varios de los invitados, que ante la imposibilidad de esconder o inventar una excusa me dijeron con la mirada lo que iba a ocurrir. Poco importaba saberlo o no, fue una velada fantástica donde reimos mucho y yo me despedí de mi querida perrita, aunque nos volveremos a ver pronto.